Al compromiso no se llega fácilmente a partir de la imposición o de la obligación; al compromiso se llega a través de la responsabilidad. Una metodología de responsabilidad significa que trabajamos con cierta autonomía, y lo hacemos focalizando nuestros esfuerzos hacia objetivos concretos; en la medida en que caminamos con esas formas en esa dirección vamos construyendo nuestro propio yo y la “responsabilización” consiguiente, siempre que se manifieste en un proceso de presión razonable –recursos escasos, pero suficientes; objetivos difíciles, pero conseguibles-, nos va realizando, haciendo, conformando, hasta enamorando de nuestro propio trabajo y de los logros que adquirimos.

Este proceso nos compromete con nosotros mismos y con los espacios que nos permiten continuar en ese plano. Y de ahí pienso que nace un compromiso “sano”, porque lo es en función de lo que hago y por lo que lo hago, y representa autonomía y desarrollo para mi y para los demás de mi organización. Este compromiso no lo es para toda la vida, sino que esta en un proceso constante de renovación, y no nace de una adhesión incondicional, ni de una adscripción a ideas de otros, sino de nuestra propia conciencia y del ánimo de “devolver” algo de lo que me permiten hacer: nace en definitiva de la oportunidad que me han brindado. Y produce un intercambio virtual: “responsabilidad por compromiso” (véase capítulo primero de mi libro “Innovación y Gestión del Conocimiento

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