La calidad es nuestro mejor horizonte. La calidad es un proceso complejo que parte de una “posición depresiva” (Melanie Klein), o dicho de otra forma, de la necesidad-escasez. Hacer calidad es posible si se piensa que “no se ha llegado”, sino que lo intentamos otra vez como si fuera la primera, y buscamos casi desesperadamente “hacer las cosas bien a la primera” (EFQM). La calidad no se consigue persiguiendo o controlando, sino sabiendo que todo empieza por analizar, por saber donde se está, y después, por compartir esos diagnósticos. En realidad, hacer calidad es como proyectarse desde la verdad que, como decía Gramsci, “es siempre revolucionaria”.
Y el principal punto de análisis y comprensión es el alumno. Empezar por el alumno y sus necesidades. El alumno es nuestro mejor cliente, siempre difícil de contentar, pero que en su exigencia, nos impulsa a una renovación continua de nuestras formas de generar espacios de aprendizaje. Y este es el tema: el alumno nos permite comprender las necesidades; la sociedad también nos da pistas, pero debemos saber lo que piensan “nuestros clientes”directos, porque la sociedad más actual está representada en ellos. Es cierto que no vamos a lograr calidad si le damos estrictamente lo que demanda, sino que tenemos que saber interpretar sus necesidades, saber darles un sentido, una estrategia, unas formas de generación de procesos de implicación y motivación hacia el conocimiento. Esta es nuestra tarea.
La universidad está, como también estaban y están orientadas muchas organizaciones, desde la seguridad de que hay que estudiar lo que hay que estudiar, lo que decimos los que sabemos. Hace tiempo que las cosas han ido cambiando, y las organizaciones avanzadas no tienen “la verdad”, sino que generan escenarios donde es posible llegar a la complejidad de verdades múltiples y diferenciadas, complementarias y provisionales sobre lo real. Y si las cosas empiezan a ser así, es evidente que no podemos “imponer” nuestras verdades y nuestros programas a los alumnos. A ellos les tienen que servir nuestros programas, son para ellos; no es lo que nos gustaría a nosotros que nos enseñaran, sino lo que ellos necesitan y ven como enseñanza. Y lo contrario produce aburrimiento y pasividad en las aulas y más de una decepción. Por eso hablamos de mejorar la calidad de nuestras aulas. Tenemos que conseguir que el alumno se interese, se integre, se responsabilice, se motive, y ….. tenemos que salga del mundo “cuasi-autista” en que lo hemos metido, individualizado, competitivo, en parte decepcionante para la mayoría, aislado, ….. Alumno-Cliente, Calidad, … sólo nos falta como hacerlo. Ya sabemos que hemos de empezar siempre por saber donde estamos y para qué y por qué hacemos lo que hacemos. Pero ahora tenemos que conseguir Calidad, y la calidad si evitamos la ruta tradicional del “palo y tente tieso” y del control, hemos de abordarla como un problema que desarrolle de forma compleja a la persona y que le permita interactuar y conseguir competencias útiles en su vida profesional-personal
Y, simplificando mucho, por razones obvias de espacio, la Calidad está cuando generamos espacios de auto-aprendizaje grupales. La ruta sería:
primero, responsabilidad del alumno de su propio aprendizaje;
segundo, esfuerzo personal y grupal a partir de sí mismos y sus necesidades;
tercero, motivación de lo que es propio, por encima de aquello que es obligado;
cuarto, espacios de conocimiento mutuo y de intercambio;
quinto, espacios de acción e investigación, de reproducción ampliada de una investigación de la propia vida. Podíamos seguir, pero ya tenemos las variables estructurales del problema: Análisis de lo real y del punto de partida; Responsabilidad y esfuerzo en el propio alumno, en todos los alumnos; metodología científica para hacer efectivo lo que buscamos y conseguirlo; y facilitación de espacios de intercambio, de intercomunicación, en definitiva, grupales para que el alumno no esté “solo ante el peligro”, sino que se sienta realmente acompañado en su progreso hacia el conocimiento (“Aprender haciendo en grupo”)

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Un comentario en «Innovación-Calidad-Docencia»

  1. Hola Roberto:

    ¿No sería pensable el considerar como cliente de la Universidad a la Empresa? El alumno es la materia prima con que la Universidad trabaja, modelándolo y transformándolo de acuerdo a unos estándares que, si se basan en orientación al cliente, correspònderán al 100% a las necesidades de la Sociedad.
    Por otro lado creo que la conciencia de alcanzar el máximo rendimiento ya sea a nivel individual o grupal es algo que se hace en falta. Aspirar al 10 y no al 5 debe ser el objetivo.
    La innovación se debe dirigir a anticipar las necesidades de la Empresa y consecuentemente de la Sociedad y a potenciar y premiar el esfuerzo individual que debe complementar al grupal.

    Pepe

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