Hoy por la mañana me encontraba revolucionario, y me puse el disfraz de reformador, recordé eso de “vísteme despacio que tenga prisa” y le dí vueltas a algo que siempre me ha rondado en la cabeza cada vez que he visto, sobre todo en grandes empresas, la facilidad para “de pronto” intentar cambiarlo todo.

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La abundancia es un mal, aunque piensen lo contrario. La abundancia nos trastorna, nos transforma y nos engorda. Tenemos colesterol, comemos demasiadas grasas, “curamos” nuestras ansiedades con tabacos, vinos, drogas y comidas, contaminamos mucho e innecesariamente, producimos mucha basura, mucha de ella no-reciclable, y …… queremos más. La abundancia solo se sabe curar con más abundancia. El esfuerzo acaba quedando a un lado, el ejercicio también, las ambiciones sociales también, ….. y solo aspiramos a trabajar menos, a comer más y mejor, a beber mejores vinos y cervezas, y a deleitarnos con más cantidades. Lo repito, la abundancia finalmente no es buena cosa: hasta perdemos el impulso de la motivación y de la superación -¿para qué? nos preguntamos-, y eso es el principio de la decadencia. Si miráramos atrás, a los anteriores imperios, a los ricos de otras épocas lo comprenderíamos mejor. ¿Qué fue de aquella clase dominante romana? ¿Qué fue de los Borbones desde Carlos V y el declinar de su imperio? ¿Qué fue del Real Madrid imperial que arrasaba en Europa? …….. Una reflexión al año, no hace daño.

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