Miedos, sí, miedos que nos paralizan, que tienen la ventaja (sic) de que nos hacen “superiores”, que nos instalan encima de las columnas y en la prepotencia, miedos a lo real, a la realidad de las cosas, que preferimos inventar a aceptar. Miedos que nos evitan ser como los demás, que nos evitan sentirnos pequeños, mínimos, ante una realidad compleja y tantas veces, incomprensible, pero no por ello menos cierta e inalcanzable. Miedos, en definitiva, a nosotros mismos y a lo que somos. Y no olvidemos que el mayor inhibición de procesos innovadores es el miedo.

Por eso, la consciencia no es tan fácil como pensamos incorporarla en nuestra forma normal de trabajar. En muchas ocasiones preferimos ignorarla con las prisas, con el ya famoso “corre-corre”, con tantos subterfugios que utilizamos para evitar un buen análisis de lo real que sea el punto de partida de nuestras acciones. Entiendo que la mejor manera de entender la consciencia es establecer a partir de sí misma, un Proyecto que dé sentido a la organización y pertenencia a sus partícipes. La consciencia nos hace pequeños –y a la vez, grandes-, porque de pronto aparece un mundo complejo, lleno de caos y de diversidad que nos inunda y que no podemos comprender en su integridad, ni disponer de él, por lo que sintiéndonos pequeños preferimos renunciar a su realidad, y pasar de ella.

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La consciencia tiene que ver con la libertad y nuestra forma de vivirla. Ser libres no es hacer lo que uno quiera, sino aquello que parte de la consciencia y se proyecta en el otro. Esa libertad que acaba donde empieza la de los demás, tiene en cuenta que existen los otros, que los otros son un fundamento de nuestra propia libertad, y sólo a través de la consciencia conocemos de la existencia del otro y de la gran importancia que tiene en nuestra existencia y en la consecución de nuestros proyectos.

Ver un mundo lleno de oportunidades, es consecuencia de la consciencia y de su análisis . Sólo mirando con intensidad, observando sistemáticamente el mundo que nos rodea, abriendo los ojos a sus posibilidades, encontramos realmente una manera de crecer. No creceremos si nosotros no queremos, pero sin los estímulos de un mundo externo, casi seguro que no lo haremos. Somos animales sociales, que precisan del desarrollo de su consciencia para reducir al mínimo posible lo mágico, lo esotérico, lo ideológico, lo “azaroso”, y dar sentido a lo que hacemos. Una empresa que busca la consciencia está en la antesala o ya vive la innovación.

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