Un poco de detenimiento y pensamiento para reflexionar o recordar internamente esta frase:

“Regla general: sólo se puede convertir a aquellos que sienten la necesidad de ser convertidos, a aquellos que ya llevan en sus instintos o en la miserias de su situación, sea ésta exterior, sea interior, todo cuanto deseáis darles. Nunca convertiréis a aquellos que no experimentan la necesidad de cambio alguno, ni aún a aquellos que, aunque deseosos de salir de una situación que los aflige, se sienten impulsados, por la índole de sus hábitos morales, intelectuales y sociales, a buscar una situación mejor en un mundo que no es el vuestras ideas”

Tal vez radical, pero realista y práctico. La necesidad social se siente o no se siente, se vive o no se vive, y si se vive o se siente sólo es posible apoyarla y orientarla, enfatizarla o mostrarla evidentemente.

En otras palabras, no hay necesidades en sentido general, sino necesidad social, y cuando ésta es mostrada, se descubre como ya conocida o reconocida y puede trabajarse a partir de ella. Muchas necesidades sociales están encubiertas por los deseos o las necesidades artificialmente inducidas por un sistema capitalista cuyo punto más ideológico y duro es “la presión para vender”, y las consiguientes técnicas ideológicas de presionar al cuerpo social para generar necesidades del sistema, necesidades artificiales, más deseos que necesidades sociales, necesidades que nacen del famoso dicho de Say: “toda oferta crea su propia demanda”, y que es una forma de imposición desde arriba, “produciendo” unas necesidades que no son tales o no tienen tal nivel de prioridad en la escala de las mismas, y que nos permiten hasta dejar lo que es fundamental por lo accesorio, pero rentable para el sistema.

Por tanto, tenemos que partir del análisis de la necesidad social, de la interpretación analítica de la necesidad y de sus formas, para a partir de ahí forjar proyectos que las atiendan, y no subterfugios que mantienen y amplían la mala distribución de renta y riqueza.

Por cierto, la frase cita al principio de esta entrada tiene su origen en las Obras de Bakunin (reproducido en “La Libertad” del mismo autor, con textos seleccionados por François Muñoz), pero podríamos haberla sacado de muchos otros pensadores que han llegado a conclusiones similares. En realidad, es una frase de lo que se ha dado en llamar “sentido común”, o sentido social de la vida.

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