La innovación se construye a partir de un proyecto. Un proyecto no es cualquier cosa, sino algo que tiene que “engancharnos”, “agarrarnos”. Un proyecto nace del análisis, de la comprensión, de lo que pasa, de lo que es, de lo que interpretamos. En ese análisis “está” el proyecto.

Pero no hablamos de un plan, sino de un proyecto, de algo que sea más que conseguir unos objetivos, sino también que nos permita introducirnos en un mundo de aprendizaje, de investigación, de saber, de ser, de vivir, y para ello precisa de un horizonte que nos enganche y un sistema de valores que sea coherente con nuestra concepción del mundo y que nos impulse y nos dé pertenencia.

Esto no se entiende muy bien por las grandes corporaciones, ni tampoco por las pequeñas. Se cree que los proyectos son una especie de exclusiva de unos pocos, para impulsar a unos muchos; cuando un proyecto es un acto cognoscitivo y vital que nos permite desarrollarnos y sentirnos bien y a gusto en ese espacio que lo propicia o lo permite. La mayoría de las veces, las empresas “imponen” sus proyectos, los marcan desde arriba, queriendo llevar las cosas por donde quieren unos pocos. Es un grave error, un error que afecta profundamente a la satisfacción, pero sobre todo, a la producitividad y eficiencia de los actores, y por tanto, a la eficacia del proyecto.

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