De todas las realidades de una organización, la que hace posible o imposible todo es la realidad del cliente, del mercado. Uno tiene unas hipótesis y unos prejuicios, unos conocimientos y unas ideas, sobre lo que hacer y cómo hacerlo; pero eso no es nada hasta que se contrasta en el otro, en el cliente, en el mercado, en la sociedad.

La mayoría de las empresas trabajan a tientas, postulando sus hipótesis sin haber testado previamente las posibles respuestas, sin conocer debidamente las necesidades auténticas, aquellas por las que se pagaría un precio que compensase el coste y la renovación del producto. Casi únicamente son “guíadas” por la intuición, la experiencia de otros –normalmente conocida de forma superficial- y algunas variables internas, como disponer de financiación para hacer lo que se pretende, o contar con las personas que se consideran adecuadas, y luego a eso le añaden mucha energía y mucha fuerza y esperan que el mercado les atienda.

La mayoría de estas experiencias nacen casi “in vitro”, en empresas mínimas, que no pueden gastar lo poco que tienen en saber cómo responderá el mercado, y que por tanto, optan por “tirar para adelante” y “confiar” en su proyecto, en su producto o en sus fuerzas: voluntad y fe son los parámetros en los que se mueven con más facilidad. El conocimiento, el análisis, el saber, queda tapado por la falta de recursos financieros y por el tiempo que requeriría y “que no tenemos”. Casi todos los proyectos empresariales empiezan así, y eso significa un alto nivel de riesgo, de aventura, de “lotería”. De ahí que la mayoría de los experimentos fracasen, con lo que esto supone de pérdida de energía y de frustración consiguiente. Un porcentaje altísimo de empresas nuevas mueren antes de los dos años, y la gran mayoría han desaparecido en cinco años. Sólo algunas sobreviven, las que han acertado: de esta forma, los supervivientes “creen” por su propia experiencia en el “azar” como guía de su éxito, en una suerte de “predestinación” que va a actuar sobre su comportamiento futuro de manera muy significativa .

Un aspecto decisivo en nuestro “aparato de comprender”, es nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de sentir lo que ocurre, de adelantarlos con un “toque de intuición” a partir de esa emotividad encauzada hacia la realidad, que es antesala del conocimiento. Ese aparato de comprender, puede estar muy deteriorado si el que lo ha de utilizar esta “convencido” internamente de que “tiene suerte”, o de que “sabe todo” o de que “es mejor”. La sensibilidad se hace posible y desarrolla a partir de la posición depresiva kleiniana, y no de cualquier forma de prepotencia, que por el contrario, la embota y la distorsiona. ¡Cuantas veces el poder generado por situaciones en parte azarosas, “convence” a su actor de sus extremas cualidades, y le transforma en alguien con la emotividad embotada!. Muchas, demasiadas, muchas más de las que podamos ni siquiera registrar: sólo es preciso fijarnos un poco en los otros, porque a nosotros mismos no somos capaces de vernos con la misma facilidad.

Ya decía Nietzsche que el poder convierte en estúpidas a las personas. Pero aún más si uno se lo cree, y si piensa internamente, implícitamente, porque no puede pensar de otra forma, que lo ha adquirido de forma poco explicable –mucha de las grandes fortunas se han construido de forma poco explicable, han concurrido gran cantidad de factores positivos en un momento o en un tiempo, y se han materializado, y como el poder llama al poder, a partir de un momento, se reproducen casi sin esfuerzo: muy pocas personas pueden hacerse ricas con su trabajo-. En el interior, se siente culpable, y para evitar ese sentimiento, lo tapa con una huída hacia adelante.

En consecuencia, el punto de partida es la realidad, el sentido de la realidad, y la realidad última que hace posible la consciencia sobre la que asentar un análisis correcto de dónde estamos y, por tanto, de lo que tenemos que hacer, es la realidad del mercado y del cliente. Sobre estas bases, el primer gran dinamizador de cualquier realidad organizacional o hasta personal, es la consciencia, el análisis del que se deriva el conocimiento de lo que somos y donde estamos. Se dice que la primera condición para ser un buen directivo o un buen empresario es conocerse a sí mismo. Y ahora añado, en paralelo, que la primera condición para ser empresa y sobrevivir es conocerse a sí misma y a la realidad en la que se mueve. Esto parece muy simple, pero resulta que no lo es, dado que prácticamente ni en la formación de cada uno a lo largo de los años, ni tampoco después en las escuelas de negocio o similares, se hace un esfuerzo sistemático para introducir metodologías de análisis en el perfil de la persona que se forma. Y si se introducen son formas muy poco sofisticadas y de baja potencialidad operativa a la hora de conocer en profundidad donde nos movemos.

El conocimiento de lo real es una tarea continua, una de las tareas que nunca se puede abandonar en las organizaciones, ni en la vida de las personas . Saber dónde estamos, cúal es nuestra posición en la “pajarera”, y el consiguiente cómo podemos ubicarnos y qué es más conveniente hacer, son tareas centrales y continuamente renovables en cualquier situación personal, grupal u organizacional. Y ese es también, como ya sabemos, el punto de partida y el referente básico de cualquier organización que quiera mantenerse innovadora y viva en la competencia.

Y este es el primer recurso para incorporar innovación en organizaciones, incorporar análisis, comprensión de lo que pasa, sentido de lo real, reproducción de lo real de forma sintética, conocimiento sobre nosotros y nuestro entorno. Es algo que nos ha de permitir transformar los comportamientos mediante el conocimiento y la práctica del análisis y la interpretación. Y sin duda, la mejor forma de llegar a conocer lo que es necesario saber es hacerlo grupalmente. No sólo el conocimiento y sus aproximaciones analíticas ha de impregnar a los directivos y a sus actuaciones, sino que los grupos de trabajo y ejecutivos han de empezar a vivir una nueva experiencia basada en la consciencia, en la búsqueda del conocimiento de sí mismos.

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Un comentario en «Innovación: consciencia»

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