Horizonte y objetivos (6ª buena práctica para innovar)

Hemos visto hasta la ahora la interrelación entre cinco buenas prácticas, y hemos anticipado algo sobre su contenido y puesta en práctica. Ahora abarcaremos la sexta, que como todas las anteriores constituyen un todo interrelacionado y en cierta medida, armónico que queremos mostrar.

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Es una buena práctica marcarse objetivos, y sobre todo, aunque eso no lo voy a tratar aquí saber siempre hacia dónde queremos ir, intuir un horizonte, vislumbrarlo. Objetivos relativamente difíciles, que supongan de verdad un reto y que sobre todo acaben desarrollando nuestra responsabilidad con nosotros mismos y con los demás. Casi siempre objetivos y responsabilidad están en la misma onda, sintonía, uno refuerza al otro, y el otro al primero. Trabajar con objetivos “significa” tener una constancia en el propósito y el método, “significa” tener sentido práctico de la vida y muchas cosas más que ya hemos desarrollado en las cinco “buenas prácticas” ya trabajadas.

Los objetivos realmente no son para cumplirlos, sino para que una vez decididos, nos orienten hacia una finalidad, y nos mantengan en un camino cierto, pero provisional. Un objetivo no es una panacea o un ideal, sino un paso más en el camino. Retengamos esto, porque es importante.

En el mundo simplificado de la empresa se hacen muchos tratados sobre objetivos y gestión por objetivos, pero es que el mundo es el que es, y no da para mucho más. Es un buen complemento, aunque muestra muchas disfuncionalidades, sobre todo, cuando la simpleza de su planteamiento conlleva hasta resultados contradictorios con lo que se busca.

Les cuento una experiencia. Me pongo en contacto con una empresa de telecomunicaciones para cambiar de proveedor. Después de varios intentos, al fin una operadora habla de sus condiciones y después de negociar, las acepto y me dice que va a hacer una grabación de contrato, cuestión más que discutible, pero lo hacen todas. Después de tres o cuatro conexiones, por fin, me llaman para la grabación, pero lo que me dicen tienen poco que ver con lo que habíamos convenido. Lo hago patente y después de un minuto o más de espera, me doy cuenta de que han colgado. Pienso que volverán a llamar. Y llaman, pero no para rectificar la grabación, sino otros/as teleoperadores/as que quieren venderme el producto que ya había comprado, pero no finalizado. Se lo digo, pero me replican muchas cosas: que la persona que había tratado conmigo se había puesto enferma; no me contestan, evitando dar explicaciones; y así tal vez seis o siete llamadas , todas queriendo llegar a un nuevo acuerdo conmigo, y ninguna respetando a los compañeros que ya lo habían hecho. Esto sigue ocurriendo durante dos o tres días a tres o cuatro llamadas por día tanto a mi móvil como a mi fijo. Tantas que no sólo les advierto que ya he llegado a un acuerdo con otro compañero, sino que no voy de ninguna forma a hablar otra vez sobre lo mismo. Da igual. A veces, hasta -supongo- alguno de los que llamaron y recibieron una respuesta negativa mía, me molestan, marcando mi teléfono a horas intempestivas, y cuando lo cojo, cuelgan. Algo lamentable. El primer operador ha desaparecido. Y cuatro o cinco días después, llama otro operador, realmente más amable, y me digo, tengo que arreglar esto, no puedo estar toda la vida perdiendo el tiempo, y llego a un nuevo acuerdo con él. Y exactamente vuelve a ocurrir lo mismo que la primera vez, que no voy a repetir para no ser pesado. Debemos estar ya por los diez días de “gestiones”, de “competencias”, de “luchas” por un simple contrato de menos de 60 euros al mes. Casi se repite el mismo ciclo y por fin, vuelvo a ceder con una tercera operadora y finalmente, y casi sin escuchar la grabación -para no discrepar una vez más entre lo acordado y lo que me dicen en ella- me rindo y acepto la tercera lectura de la grabación …. que por cierto se interrumpe dos veces … y menos mal que se retoma. Ya no sé siquiera cuando se arregló todo, pero después de más de dos semanas y media. En esta experiencia, los objetivos se han convertido a través de la lógica competencial y destructiva del capital en un galimatías para el cliente, una tortura para el trabajador y algo nada gratificante para la empresa. Un desastre.

Trabajar con objetivos no es lo mismo que trabajar por objetivos, que es lo tiende a ocurrir en las empresas más agresivas, y sobre todo en la parte comercial, aunque también en otras. Trabajar sin objetivos sería un caos; trabajar con objetivos y sobre todo, con horizonte, con sentido estratégico, es muy positivo, si no lo confundimos con ese trabajar por objetivos que hace entrar en máximas contradicciones a las organizaciones y a sus actores.

Una persona que tiene unos buenos principios básicos que tienden a la responsabilidad, acaba descubriendo, casi de manera espontánea o natural, que tiene que marcarse objetivos para hacer que su responsabilidad se haga más eficaz y gratificante. De esa forma, responsabilidad y objetivos acaban hermanándose en una dinámica de hacer bien las cosas, y mejorarlas continuamente. Un mundo de responsabilidad, aunque se hable mucho, no es un mundo demasiado extendido. Existen muchos superfugios para eludir la responsabilidad y casi sin darnos cuenta transformarla en pecado o santidad. España sigue siendo un país de pecadores más que un país de responsabilizados, y es preciso avanzar hacia la responsabilidad. Esta no se consigue con más control y más “palo, como suele ser la dinámica en las organizaciones empresariales, del tamaño que sean, sino que se consigue con desarrollo y conocimiento de las personas sobre sí mismas. La responsabilidad es un paso hacia la humanidad, es un paso consciente -se dan otros muchos pasos posibles y menos conscientes-, un paso que nos lleva de la responsabilidad a hacer las cosas bien. Claro que eso casi siempre ocurre cuando contamos con libertad para hacerlo. Sin libertad, sin autonomía, no se puede hablar de responsabilidad, es un “como si” de responsabilidad, es sólo fachada. En todo caso, es una especie de responsabilidad corporativa que finalmente, y salvo excepciones, no tiene nada que ver con una responsabilidad que nos hace más humanos, más seres humanos, más hombres/mujeres, más nosotros mismos.

Y ese es el sentido innovador de los objetivos. Sencillamente según avanzamos en nuestra libertad y respetamos la libertad de los demás, incorporamos la necesidad de marcarnos objetivos para paso a paso acercanos al horizonte inalcanzable que es la gran meta de nuestra vida.

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