“Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!” Stephen Zweig en “Brasil, país de futuro”

Siempre que he ido a Brasil he recordado el libro de Zweig, un libro polémico y al tiempo sugerente y poético, hasta apasionado. Lo leí a los doce o trece años y hizo que me enamorara de Brasil sin conocerlo directamente, ni tener nadie en la familia que estuviese por allí, aunque dado que mi familia tenía el toque aventurero de nosotros los gallegos, es probable que alguno de ellos haya vivido o pasado por allí (mi abuelo, por ejemplo, “se bajó” hace un siglo desde California hasta la Patagonia, después de que le informaran al este de las Rocosas que no había ya oro, o sea que pudo pasar por Brasil, si es que fue por tierra). Yo me enamoré de ese país de futuro que relataba Zwieg.

Cuando viajé por vez primera a Salvador, muchos años después, ese país me pareció mucho más extraordinario, porque se añadió esa alegría de vivir que generan un ambiente energético y de una vitalidad extraordinaria, que poco a poco tuve ocasión de vivir y de sentir. Si, es lo más parecido a un paraíso, por su gente y su forma de vivir (aunque también puede ser y es todo lo contrario).

Ahora estoy leyendo, gracias a mi compañero y amigo Omar de León que me lo prestó y me habló sobre él, un libro autobiográfico de Zweig que no conocía. Estoy escribiendo de memoria, son las seis de la madrugada, y no puedo saber exactamente como se llama el libro, algo así como “El mundo de ayer” o así, porque no tengo el libro a mano, pero se me han vuelto a encender las luces de Brasil en mi cabeza (hoy que está lloviendo y no creo que tengamos mucha luz solar directa), he visto una frase ayer por la noche leyendo la introducción del libro y de memoria la he reproducido y me he puesto a escribir estas notas que quisiera llenas de amor, porque Brasil me lo ha dado, tal vez por primera vez en tantos años y tantos intentos.

Me siento tan ilusionado desde hace casi diez años, tan reencontrado conmigo mismo, tan feliz, que sólo aspiro a quedarme emocionalmente donde estoy. Estoy realmente sabiendo lo que es vivir en un paraíso. Aunque todos los paraísos son limitados y lo peor: el tiempo pasa demasiado rápido, sin compasión para nadie y menos para los que ya tenemos nuestros años. Pero esta última parte del párrafo se debe más a esa sensación tendente a lo dramático de los españoles que a un sentimiento coherente con las formas de ser y vivir en mi Brasil.

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