La educación: ¿tiene remedio?

Vayamos al campo de la educación.

Se han hecho cuatro o cinco reformas ¿estructurales? o legales u orgánicas en los últimos treinta años de “transición”. Muchas leyes y que pocos resultados.

Hace 30 años se valoraba más la educación que ahora. Todos debemos ser responsables de tal descalabro, porque sin aprendizaje, sin educación, es mejor que nos vayamos de peones a trabajar a otro país más civilizado. Y así sigue siendo, pero peor.

Hoy la educación es en términos medios, mucho peor que hace treinta años: mucho peor. Se estudian y repiten muchas técnicas, muchas cosas memorísticamente, pero no se sabe, porque para saber, hay que saber pensar y no se piensa, se utiliza la memoria y se repite. Y ahora en las universidades hasta se ha llegado al colmo de que lo primero que hace un profesor es pasar lista, como si se tuviera que perseguir a los chicos para que vayan al aula, es decir, eso querría decir que no quieren ir, y que hay que obligarles: ¿se puede comprender que haya tal nivel de desmotivación entre los estudiantes como para no querer ir a aprender, aún pagando, como ahora pagan tres o cuatro veces más que hace veinte o treinta años? Alucinante.

¡Hay que pasar lista para que vayan! ¿Qué son? señoritingos o profesionales cuyo interés es aprender de verdad? No es comprensible, ni tampoco que los padres (madre y padre) le permitan dormir hasta las tantas, y levantarse casi para irse de juerga o de botellón casi todos los días. Impresentable. ¿Tiene remedio la educación? No sé, me temo que no. Y quiero enfatizar: si no hay educación, no hay ni presente ni futuro.

Es preciso mucho más compromiso y mucha más autonomía-libertad para avanzar. Si el compromiso es obligado, no sirve. Tiene que ser voluntario, nacido de la libertad para decidir. Es preciso fomentar la responsabilidad que es la que finalmente lleva al compromiso libremente adquirido. Es preciso que los estudiantes estudien cada día más lo que les guste, lo que les motive, y en ese tinglado está lo que tienen que aprender y los profesores que les enseñan. Con unos profesores no comprometidos, ni muchas veces responsables, nos encontraremos con estudiantes que se hacen parecidos o hasta peores. ¿Cómo es posible defraudar las esperanzas ciertas de un estudiante que es deprimido desde el primer momento cuando llega a la universidad? Le piden que repita, como si fuera un robot, le piden que chape los temas y los devuelva en un examen, le piden que se identifique con lo que dice el profesor, y no con lo que es más o menos cercano al conocimiento, le piden que todos los días aguante seis o más horas de clase dentro de un aula, casi sin ninguna libertad, es como una prisión, le piden que haga lo que ninguno de los profesores haría.

Si los profesores no tenemos que empezar a perfeccionarnos y a mostrar otras muchas facetas -la mayoría de ellas ya descubiertas y que se ponen en práctica en muchos lugares-, algo más motivador, más dinámico, más vivo, más desde las energías mismas de los estudiantes, si no hacemos por eso, cómo es que va a funcionar el sistema educativo. Da lo mismo la ley, lo que importa es lo que hacemos, y lo que hacemos en las aulas es demencial y antiguo. Y no por demencial es menos antiguo, es una escolástica de la enseñanza, y no espacios de aprendizaje.

Tenemos que empezar a cambiar nosotros. Los estudiantes nos seguirán, si sabemos motivarles, si nos gusta lo que hacemos, si nos motiva a nosotros continuar avanzando y haciéndolo mejor cada vez. No vale con decir que la culpa es de ellos, ni de otros, ni de las leyes: somos nosotros los que dinamizamos el aula, nadie entra en nuestro lugar, y podemos ser grandes profesores, pero siempre que sepamos que lo más importante son los estudiantes y lo que demandan. Si no partimos de sus necesidades, de lo que quieren encontrar, de los tipos de profesores que les motivan y los que no les motivan, si no sabemos sobre nosotros mismos, si además no les hemos preguntado a ellos, a los protagonistas, no iremos a ninguna parte, y nunca, digo nunca, nos conoceremos a nosotros mismos, ni tendremos ganas de perfeccionar nuestras formas para llegar a una especie de excelencia.

Pensarlo, soy duro porque hay que serlo. Me puedo equivocar en algunos argumentos, pero no en todos o en la mayoría. Pensarlo. Lo necesitamos todos, y más que nadie nuestros estudiantes.

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