Le tengo mucho cariño a mi Complutense, pero tenemos desventaja. Esto de llegar primero, nos hace “antiguos”, y la historia tampoco es algo que se pueda olvidar fácilmente. Sólo me referiré a los edificios y a los campus. Sin duda, la ciudad universitaria ha sido un campus privilegiado durante años, un amplio espacio, un campus donde iban acumulándose edificios, facultades, centros, colegios, botánicos, rectorados, ….. Dentro de lo que cabe la planificación de la república mantuvo al menos el sentido de campus y hasta la equivalencia con otras universidades del mundo desarrollado. Pero claro, los edificios ya tienen muchos más de setenta años, y otros nacieron viejos o inadecuados o con tan poca imaginación arquitectónica o tan corta de miras que parecen mas prisiones que lugares de estudio, como por ejemplo, los “bunkers” de Económicas o el “sing-sing” de Políticas en el Campus de Somosaguas. Los patios estrechos de esta última asemejan una prisión, y se llaman martillos a los accesos a los departamentos, y cuando entras en esos pasillos largos, ves a cada lado unas puertas opacas, que dan una sensación de frialdad muy semejante a las prisiones.

Un handicap sin duda de la universidad pública. Claro las universidades que se han hecho hace poco, han mejorado bastante su arquitectura y sus espacios, pero aún así he comprobado más de una vez muchos de los defectos estructurales básicos de una enseñanza que no parece querer cambiar. Por ejemplo, las aulas, que en general siguen siendo pensadas como lugares donde unos miran a un sitio -hacia la tarima- y el otro -el profesor-mira en sentido contrario, lugares apropiados para discursos, para “clases magistrales” (sic) y no para participar, para trabajar en grupo o para disfrutar de ser escuchado e investigar.

Hablo de todo esto, porque ayer he asistido a un contraste. Tuve una reunión en una universidad privada. Los edificios resultaban abiertos, excepto por tantas escaleras obligadas por el terreno; había lagos y fuentes, agua, que los orientales dicen que es básico para que todo vaya bien y fluya, había muchas aulas pequeñas y acomodables a situaciones grupales y participativas, había mucho cristal y menos opacidad de puertas de madera, y hasta me sorprendió agradablemente que el comedor era democrático y comían estudiantes, profesores, burócratas y dirigentes. Todo en el mismo sitio. Por cierto muy minimalista y limpito, y la comida era un buffet estupendo, y el precio similar al que pagamos en nuestros campus.

La arquitectura influye, ya lo creo que influye en nuestros comportamientos. Hay arquitecturas que nos hacen huir, y otras que nos acogen y nos ayudan a vivir. Los edificios de la época franquista no tienen luz, están pensados en términos de autoridad y jerarquía, y en definitiva, parecen cárceles o similares. Estudiar en ellos es un esfuerzo añadido. El espacio también juega un papel, ya lo creo. Por ejemplo, la comunicación con los compañeros de departamento en mi facultad está dificultada por la opacidad de las puertas de los despachos y que normalmente cada uno las tiene cerradas … no sabiéndose de esa forma ni siquiera si la persona está o no está. Eso reduce la comunicación abierta que es la base de cualquier cooperación, trabajo en común o en grupo y de una propuesta continuamente innovadora.

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