Hace mucho, y sin quitar mérito a quién escribe, pienso que Madrid es un lugar artificial.

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Situado en una geografía imposible (sin río, sin agua, o sin mar, como todas las capitales que se precien). Suelo decir que aquí estamos en una atalaya sobre otra atalaya que ya es la meseta, subidos en un castillo encima de otro gran castillo que es la meseta -siempre me he imaginado esas torres medievales casi sin ventanas y altas, muy altas, en San Gemignano hay varias por ejemplo- y que de ninguna forma podemos tener un sentimiento de libertad, porque la libertad se siente viendo el mar, o sintiéndolo, cosa imposible en un lugar que ni siquiera puede tener una playa artificial de río.

Demasiado lejos de la aventura, demasiado lejos de la vida (el mar), demasiado lejos de todo, sin recursos propios, sin agricultura propia, sin artesanía propia, sin industria propia (la mayoría de las aquí existentes o bien son multinacionales que hacen lobby situándose en Madrid o bien son empresas nacionales pública y poco productivas).

Un espíritu gregario y subordinado de una buena parte de sus habitantes, denota decadencia que realmente es lo único que ha vivido Madrid, ya que cuando se “funda” por Felipe II, el país ya empieza la pendiente hacia abajo (no olvidemos que el tal Felipe II hizo quebrar nada menos que cuatro veces al Estado recién creado y teóricamente imperial y fortísimo con las explotaciones de oros y platas de las Américas).

El espíritu gregario viene de la subordinación a la corte y a sus cortesanos, siendo básicamente dos grandes clases sociales: el rey y sus cortesanos y aristócratas varios (normalmente latifundistas auténticos u oportunistas y pelotas varios), por un lado, y los servidores por otro.

Los servidores servían a la otra clase, y traían el agua del río (una buena subida/bajada hasta el allá abajo Manzanares), les lavaban sus ropas (aunque parece que no podían ser muy limpios, me refiero a los aristócratas, al menos por el famoso ejemplo de la reina llamada católica), les preparaban sus manjares -no tan manjares, aquí nunca se ha desarrollado una cultura culinaria realmente importante como en el país vasco, o en otras zonas donde los productos eran de verdad y no adulterados por la subida a la atalaya y su proceso de desecación)-. ni tampoco la moda, ni la ciencia, ni más que una cultura cutre de lo católico-apostólico-romano.

Ni siquiera el arte tuvo su lugar. No es que no se apropiaran de las cultura artística desarrollada en otros lugares, sino que sencillamente no la había propia o era de bajo nivel. Sólo hay que ver los grandes pintores de la corte, y ninguno o casi tenía su origen en Madrid. Muchos años de poder han hecho de Madrid España y no de España Madrid.

Es decir, Madrid ha impuesto los cánones del poder, de la belleza, de la moda, de la prensa canallesca siempre denominada nacional -y no madrileña o castellana-, y eso ha supuesto un retraso básico para todo en el conjunto del país.

Poco importaba ni importa todavía que Cataluña o Euskadi u otras zonas periféricas adquiriesen y desarrollasen más libertad y una cultura más en línea con lo que ocurría en las vanguardias del mundo. Y cuando esas libertades querían difundirse en el resto del país, un contubernio en torno a Madrid lo impedía, cerrando el paso a toda novedad que no estuviera en consonancia con el ser de Madrid.

Eso no iba con Madrid y por tanto, con España. Aquí seguíamos y seguimos en los peores y más cutres formatos del ser social. Y no sigo, sólo induzco a que se lea el artículo de Molinas, un gran artículo, que parece que seguirá y me permitirá, en esta época negra de un nuevo Madrid, más estúpido cada vez y en manos de una derechona de toda la vida, me permitirá al menos disfrutar un poco de un domingo, leyendo algo que tiene que ver con lo que es y no con las fantasías de la artificialidad madrileño-cortesana.

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Un comentario en «España, capital de Madrid»

  1. A la atalaya Madrid encima del castillo Meseta, se le ha llamado por siempre centralismo, “heredado” de los franceses, pero acentuado. El centralismo es una gran rémora para el conjunto del país. Hasta la forma en que se ha producido el llamado Estado Autonómico es desigual, incomprensible y tendente a mantener las pautas del centralismo, dado el carácter de negociación continua y bilateral. La incomprensión de lo diferente ha sido y es un factor de decadencia permanente, porque en la diversidad y en la heterogeneidad están las bases para la innovación y la modernidad. El corte-centralismo madrileño impide la diversidad, la ahoga en un mar de normas que sólo se utilizan cuando los que tienen el poder en Madrid las quieren poner en marcha, como armas escondidas del poder, como ha ocurrido con el “uso” de los Tribunales. No importa su desprestigio, son el último bastión del centralismo, antes de llegar a las manos, es decir, al ejército.

    Si usted es de la periferia, viva o no viva en Madrid, se da cuenta de lo que ocurre, cuando aquí se muestra la diferencia. Por ejemplo, con el término nación o con las diferencias culturales.

    Además, Madrid es incapaz de aprender otro idioma que “el del imperio”. ¿Cómo es posible que no se conozcan al menos el catalán y el gallego y nociones básicas de vasco en las escuelas españolas: no son lenguas oficiales? No lo son para Madrid, ni en la práctica ni siquiera en la teoría. Se aguantan, pero no lo son. El único idioma es el castellano, hecho español por gracia del centralismo.

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