La indignación y la energía se han fundido en mí en estos primeros días de enero. Me siento indignado. Tengo la impresión de que nos cuesta o no queremos o tal vez no sabemos hablar claro. Y si lo haces, parece que se corre un tupido velo en torno a ti, que de pronto eres una vez más políticamente incorrecto. No me importa tirarme a la piscina, mi mostrar mi indignación. Un maestro me dijo alguna vez que la indignación es un buen principio para empezar a cambiar.

Empleo e inflación son temas sociales y culturales, fruto de relaciones sociales básicamente indignantes: empleo insuficiente y de poca calidad; inflación siempre. ¡Qué empleo! ¡Qué inflación!. No importa el color del partido o del gobierno, ni tampoco del alcalde o del concejal de turno: no hemos hecho nuestros deberes como pueblo, y aún encima hemos encontrado soluciones de abundancia que nos han permitido evitar plantearnos los problemas y parecer que mejoramos. El último gran acierto en ese sentido ha sido nuestra integración en Europa.

Con Europa hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y aún encima sin contribuir prácticamente nada a la integración europea. Ahora que hay que ayudar a otros, nos asustamos de tener que pagar por otros, cuando llevan casi veinte años pagándonos nuestros dislates. Vivimos en la abundancia, y de un comportamiento basado en una percepción de abundancia sólo pueden derivarse problemas. No sabemos lo que es “sentir la necesidad”, tener necesidad. Todos nos asombramos de que la gente viva como vive, que gaste como gasta y que parezca que no tiene problemas, que los restaurantes estén completos siendo tan caros, que nadie se pierda las copas del fin de semana, todo está lleno y todo es caro, pero nosotros seguimos estando ahí, asentados en la abundancia. “Malos tiempos para la lírica”, sí, malos tiempos para el conocimiento, para el arte, para la innovación. Todo está subvencionado, sobran los recursos para los que están cerca, y no se necesita mucho para complacer a los burócratas que controlan los resultados. Hacemos como que hacemos y tan contentos.

En plena revolución informática, allá por los años ochenta, apareció en los periódicos una noticia que no tuvo mucho eco, y que luego pude comprobar que respondía a un estudio que se había hecho en Europa sobre la calidad del empleo que se estaba generando a partir de la ya famosa revolución (sic) de Castells, la de las “nuevas tecnologías” . Resulta que se creaban más empleos no cualificados que cualificados, y lo que destacaba era que la seguridad, la limpieza y -en ese momento, no era la construcción- el de servicios turísticos, hostelería en general, eran los que más crecían. Pero con mucho.

En ese momento, nuestra calidad de empleo era desde el punto de vista del trabajador y del ciudadano casi “óptima”, en términos de lo que se nos iba a venir encima con la globalización. La mayoría de los empleos eran fijos, casi no había empleo precario excepto en esos sectores y el de la construcción, y cuando un licenciado salía al mercado todavía no tenía que soportar de seis meses a tres años -y vamos a más- para “disfrutar” del ya honrado empleo de becario. Es cierto que se creaba poco empleo, que existía una gran dificultad para colocar a los nuevos, y que los viejos hacían de “cuello de botella”, pero sobre todo, porque nuestro sistema empresarial era -como siempre ha sido- incapaz de crear empleo de calidad, entre otras cosas porque les faltaba -y en general, todavía- un estirón para pensar en términos de empresas y no de negocios. Y, como por desgracia, las oportunidades de negocios eran -y siguen siendo- suculentas, pues para qué preocuparse de la calidad del empleo, de cuidar y conservar en general al trabajador en las mejores condiciones y competencias y de empleabilidad. ¿Para qué? Pues para nada, porque eso no suponía más rentabilidad, porque la rentabilidad de los negocios era -y ahora es más- ya muy alta y ahí, en ese espacio dominado por la abundancia, es donde la persona, el ser humano deja de existir y se convierte en un apéndice de una “máquina”, sea material, o sea una máquina de “hacer dinero”.

Pero volvamos al tema: ya en los ochenta, cuando las famosas frases optimistas del Solchaga -Don Carlos-, se creaba un empleo -el poco que se creaba a pesar de la locomotora americana, a la que nos habíamos subido apresuradamente a mediados de la década-, un empleo un poco de pena. Bien, pues han pasado casi dos décadas -veinte años no es nada, dice el tango- y el sistema sigue sin tirar. Ha creado empleo de segunda o de tercera, en la última época con una locomotora para la globalización que es la construcción, y que nos va a permitir, como decía Groucho, “alcanzar las más altas cotas de la miseria”.

Pero por favor que no nos vendan una pluma. Sabemos como están las cosas, la gente la vive en la calle, lo sabe. Hoy también nos “hemos enterado” por los periódicos que lo que eran 100 pesetas se han transformado en precios en un euro o más, y sólo en cinco años, bueno, yo creo que en menos, probablemente en algo menos de cuatro. Ha sido el tiempo que ha necesitado el “cutre sistema empresarial” español para “aprovechar la oportunidad de oro” que le ha brindado la entrada del euro y la cotización de 166 y pico pesetas. Magnífico, eso lo sabíamos y lo vivíamos todos en la calle desde el mismo momento en que empezó el “festival euro”, pero ni los periódicos, ni nadie, ni mucho menos el índice de precios al consumo, han reflejado la realidad, la realidad palpable de la subida lamentable e inadmisible de precios, sólo porque una moneda se ha cambiado. Si sumamos las inflaciones medias aceptadas por el INE para estos cinco años, no superamos un aumento del 22 por ciento, y sin embargo, la realidad, la realidad de la calle, la que sabíamos todos los que nos íbamos a comer a un restaurante alguna vez -cada vez menos, claro- es que los precios se habían desbocado, de forma totalmente artificial, sólo para aumentar los beneficios “no realmente ganados”, sino producto de una gran estafa en la que ha habido unos que se han beneficiado, y otros muchos, que no sólo hemos visto crecer los precios de forma insostenible, sino que nuestros salarios se han ido globalizando y por supuesto, han crecido mucho menos que ese porcentaje oficial de aumento de precios.

Claro, con estos beneficios “locales”, obtenidos de la explotación de la ciudadanía, para qué tenemos que innovar, para qué tenemos que hacer las cosas bien, para qué tenemos que mejorar lo que nos han entregado, para qué tenemos que estudiar, para qué tenemos que saber y conocer, para qué ….. si no existe necesidad, ninguna necesidad. Y esto hay que recalcarlo, no tenemos ninguna necesidad, mejor dicho, no la tienen ellos.

Hoy, he ido a tomar un café y media barrita y el precio había pasado de 1,60 euros a 1,80, es decir, más de un 12%. También el menú había subido un euro, un 10%, fabuloso, fabuloso, y que siga la fiesta. Empleo precario y lamentable, beneficio en función de precio especulativo, salarios por debajo del crecimiento medio de los precios, pensiones que para que hablar -se habían dado cuenta Uds que ahora hay que estar cotizando a la seguridad social hasta que te jubilas, porque si no es así, no te paga. Tienes que cotizar los últimos diez años. No está mal, si uno ha cotizado 30 años y resulta que ha sufrido un despido, por ejemplo, no le sirve de nada. Otro día hablaré de este auténtico desmadre social.

Es indignante y me siento indignado.

Es indignante, si, totalmente indignante. En 1976 publiqué un artículo en un Anuario de Relaciones Laborales, un artículo titulado “Salarios”, que analizaba la situación y tendencias de los salarios reales en España, y una de sus conclusiones era que la distribución de la renta había empeorado desde 1956 hasta 1976 –otros veinte años no es nada-.

Por supuesto, mi artículo pasó desapercibido para todos, menos para unos cuantos doctorandos españoles y europeos que lo tomaron como referencia gnoseológica para sus tesis doctorales. Era un tema que nadie quería tocar, nadie con influencia o cerca del poder, me refiero. Es más, las instituciones, igual que ocurre ahora, no mostraban interés alguno por saber como estábamos en lo que a distribución de la renta se refería. Las cosas, por supuesto, no mejoraron durante la etapa de la “stanflación” y la crisis tanto fiscal como económica que acompañó la estructura económica española hasta mediados de los ochenta, por el efecto combinado de locomotora norteamericana-adaptación rápida de las autoridades españolas, como salida hasta política a esos años, esa crisis no mejoró las cosas. Quizás, y todavía hasta mediados de los ochenta había ilusión y un cierto toque de utopía, creíamos que el cambio iba a ser posible.

Pero miren Uds. lo que hay alrededor. Menos mal que se nos ha ocurrido entrar en Europa, menos mal, a quién por cierto no agradecemos sus muchos favores, porque sus transferencias de capital han servido evidentemente para lavar algunas de nuestras muchas insuficiencias, de nuestras prisas y de nuestros múltiples desfalcos corruptivos. Menudo escenario más interesante para desatar lo peor de nosotros mismos, para desatar la especulación, los negocios, las posiciones de poder en la pajarera, las influencias, etc. y que mal escenario para modificar estratégicamente nuestros comportamientos, y tender a valorar el esfuerzo, a valorar el conocimiento, a valorar la vida y la cooperación, a valorar la innovación. La gente que se mueve en este último escenario vive sometida a la que se mueve en el primer escenario, un escenario dominante, hecho de mediocres y construido para realzar la mediocridad, la suerte-azar, la posición y la vaguería, como diría Lucas Mallada.

¡Qué poco hemos avanzado desde esa sociedad que nos mostraba el regeracionista en “Los Males de la Patria”!, sobre todo en actitudes y comportamientos. Y cuantas generaciones hemos quemado en esta cultura que, como Atila, no deja crecer la hierba y la vida por donde pasa.

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Un comentario en «Indignado»

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