Ya hace tiempo que en mi cabeza he sintetizado el Estado, como representación del Poder. La esencia del Estado, su sentido original, y que sigue manteniendo estructuralmente, se conforma a partir de Ejercito-Policía, por una parte, como aparato para mantener el poder mismo, preservador del ambiente social, y por otra, la maquinaria de captar impuestos, que como su nombre todavía correcto y literal en castellano, expresa lo que realmente es: algo impuesto, algo que te imponen. Sobre esos puntales estratégicos han ido surgiendo posteriormente a su creación algunos ropajes que son el coste que tiene el poder para hacer que las cosas no lleguen a los extremos que llegarían si siguieran siendo estrictamente, orden interno, defensa y ataque externos y maquinaria de recaudación de impuestos y demás. Por supuesto, alabo el gusto del Estado cuando ha hecho posible -es curioso quién se atrevió a ponerlo en marcha, nada menos que von Bismarck- el nacimiento y desarrollo del Estado de Bienestar, el más que famoso Welfare State, pero …… es en gran medida un ropaje, que se ha hecho más amplio en la medida en que la democracia formal exigía el refrendo en votos cuatrienales de los ciudadanos. Pero eso no nos debe impedir ver la realidad del Poder-Estado. Ah …. y la mayoría de los Estados si casi han desmontado los ejercitos es porque ¿para qué les servían?, pero ciertamente según los desmontaban, iba cobrando más importancia la forma de represión siempre más intensa y menos visible: la económica.

Y si la esencia del Estado es ésa básicamente, con algunos matices, el Estado no puede -si, no puede- desarrollar innovación, al menos una innovación a partir de personas y grupos como yo propugno y otros autores; sólo puede desarrollar sucedáneos que le confieran o aseguren el poder establecido. Por eso, nuestros Estados actuales se preocupan tanto -siguiendo el modelo de un Japón derrotado y sin ejército- por hacer un gran pacto de innovación tecnológica con las grandes industrias. En algunos países ha funcionado; en otros, como el nuestro, tampoco. Una innovación sin adjetivos significaría la puesta en cuestión del poder mismo, del actual y hasta del modelo sobre el que se organiza políticamente: la democracia formal. Se puede hacer algo, poco, pero no mucho, porque si es mucho, la democracia sin adjetivos también empezaría a funcionar y eso sería el principio del fin del Estado, tal y como lo conocemos a partir de la Edad Moderna.

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