«El ridículo en la historia» es un artículo de rabiosa actualidad sobre el país vecino y su líder. Alberto Asor Rosa representa de forma altamente interesante una reflexión singular.

El ridículo en la historia

Alberto Asor Rosa
Il Manifesto

Creo que sería oportuno hacer alguna reflexión sobre el papel del ridículo en la historia. Ridículo: «que mueve a risa, que induce a consideraciones irrisorias y despectivas por falta de sensatez, de sentido común o de buen juicio…; que expone a escarnio a quien cae en él, lo mantiene o lo muestra como alguien movido por convicciones absurdas o carente de motivaciones razonables…; tonto, irracional, insensato, necio» (Grande Dizionario della lingua italiana, llamado el Battaglia, XVI).

Estas consideraciones, entre otras muchas, me hacía yo al ver hace algunos meses uno de esos documentales ilustrados con películas de la época que Nicola Caracciolo ha dedicado a los primeros años del siglo XX italiano, y más concretamente ese puñado de fotogramas, que apenas si duran unos segundos pero que son extraordinariamente elocuentes (todo hay que decirlo), en los que Benito Mussolini, de uniforme, tocado con un fez y lleno de condecoraciones, anuncia desde el balcón de Palazzo Venecia, en Roma, la conquista del Imperio: con los ojos desorbitados, los puños apoyados en los costados, la mandíbula inmarcesible que, proyectada hacia el cielo, ondea tres o cuatro veces adelante y atrás para afirmar, intensa y persuasivamente, ante la muchedumbre, el pensamiento que acaba de expresar. Dios mío, pensé, ¿cómo pudo este bufón obsceno, este comicastro de variedades, enjaezado con esos vulgares disfraces carnavalescos, seducir durante años a la gran mayoría de una población con un pasado no del todo inexperto y primitivo? ¿Cómo es posible que, ante un espectáculo así, la muchedumbre que atestaba la histórica plaza, en lugar de aclamarle rabiosamente, no lo despachara de inmediato con una carcajada colosal?

Lo mismo podríamos decir de su más querido colega y amigo, el desquiciado alemán Adolf Hitler, cuya oratoria a la nación alemana, desde lo alto de la tribuna nocturna del estadio de Nüremberg, frente a miles de hombres disciplinadamente alineados en el sólido «orden» nazi (¡la «diferencia alemana»!), no puede dejar de imponernos hoy en día la misma pregunta: ¿cómo es posible que ese condicionamiento histérico, esa especie de brío histriónico paroxístico, esa exhibición facial-gestual de saltimbanqui no haya provocado la reacción que debería provocar siempre el ridículo, en sus múltiples formas de payasada, inverosimilitud, insensatez? Pero este punto en concreto –el ridículo y la historia alemana– lo retomaré más adelante.

Ahora es inevitable –me doy cuenta de ello– que el pensamiento del lector se desplace a nuestros tiempos: el pelo de pega, el pañuelito estrecho, los taconcitos de verdad, los chistes verdes, el gesto de ponerle cuernos a uno de los primeros ministros más acreditados de Europa, los comentarios sexuales, las anécdotas picantes, la elocución aproximada y poco italiana, la interacción obsesiva de la mentira, el desprecio a gritos de las reglas, las manías persecutorias, las salidas chistosas a la viejecita de los Abruzos víctima del terremoto: «ande, váyase a uno de los hoteles de la costa, que pagamos nosotros, y ¡no olvide llevarse la crema solar», la exageración y la irrealidad cuentista de las promesas, la incultura de que hace gala hasta en la forma de gesticular y de vestirse, la sonrisa estereotipada de bufón –en fin, todas esas cosas que vemos todos los días desde que nos levantamos hasta que nos acostamos– componen los rasgos de la figura más ridícula que ha podido producir la era contemporánea, el «ridículo italiano» en su versión más notable y exagerada. Y sin embargo nadie se ríe de ello, es más, para bien o para mal, hasta se toma demasiado en serio.

Si este es el panorama, se me ocurren algunas preguntas y/o cuestiones. Ante todo, a lo largo de la historia se observan evidentemente distintos tipos de ridículo: desde el grotesco, imperial-rimbombante, de tipo fascista, pasando por el lúgubre, es más, tendente a lo macabro, del nazismo, al comercial-mediático de nuestros tiempos italianos, variante pequeñoburguesa emergente y trepa de la clase en cuestión. Pero, como veremos, todos tienen algo en común. Naturalmente, el ridículo no se limita a la figura del Jefe, aunque emane de él. Baste pensar en el cortejo carnavalesco de los jerarcas nazis: ¡en Göring! ¡en Hesse! Baste pensar en su (sin duda más teatral) equivalente italiano; ¡Starace, Secretario del Pnf! Baste pensar en lo de ahora: ¡Gelmini Ministra de Educación! ¡La Russa Ministro de Defensa! ¡Carfagna Ministra de Igualdad! ¡Brunetta Ministro!

El ridículo del Jefe, utilizado noche y día como instrumento fundamental para captar el consenso, se extiende como una mancha de aceite, se une al ridículo ya presente embrionariamente en lo más profundo de la sociedad que le rodea, contamina a veces también a la oposición (os ahorro los ejemplos posibles para no extenderme demasiado, pero puedo aseguraros que no me faltan). Fijemos un límite histórico-político para nuestra exposición: creo que no se puede negar que el tipo, intelectual o político, que podríamos definir como democrático o demócrata liberal, por regla general rehúye la categoría y la práctica del ridículo. No es ridículo Giovanni Giolitti. No son ridículos ni Aldo Moro ni Enrico Berlinguer: o mejor dicho, lo son solo lo estrictamente necesario para garantizarse el favor de la gente (así pues, ¿el ridículo es inherente al ejercicio mismo de la política, de cualquier política? Buena pregunta: tendremos que volver sobre ello). En todo caso, debido a su rechazo mayoritario del exhibicionismo actoral y de las prácticas del disfraz, son o parecen grises. De hecho, quienes eligen como práctica política y cultural el exhibicionismo y la pasarela les acusan de esa grisura como si fuera una culpa: baste pensar en las ofensas descaradas que lanzó contra hombres como Giolitti y Nitti otro grande, grandísimo «ridículo» («digno de burla», ibid) de principios del siglo XX italiano, Gabriele d’Annunzio.

Por consiguiente, si no me equivoco, la pregunta principal de este razonamiento debería ser la siguiente: ¿cómo es posible que algo que razonablemente, y en condiciones normales, sólo habría podido provocar risa, en ciertos momentos de la historia europea de principios del siglo XX (sobre todo, lamentablemente, alemana e italiana) se convirtiera en un componente fundamental del éxito político de un individuo y de la subsiguiente catástrofe cultural? (y, claro está, viceversa, para ser más exactos, porque el proceso se mueve a la vez en ambos sentidos). Ya hubo quien intentó definir las dinámicas de la que, en última instancia, habría que considerar como una auténtica perversión histórico-social, un morbo de los pueblos: y, si parva licet, nos atrevemos a implicarle. Thomas Mann advirtió desde el principio el carácter ridículo y grotesco del experimento nazi: para él Hitler, el Gran Dictador, es en realidad «un turbio sinvergüenza», «un obseso infame», «un bandido», el «astuto explotador de la crisis mundial», un «perro rabioso atado con cadena», una «garra de histérico cerrada en un puño», un «vagabundo infernal » (observación de pasada: nunca salió nada parecido de la pluma de ningún gran intelectual italiano de la época, lo cual no es suficiente para marcar de forma indeleble rasgos y vocaciones de ambas culturas).

Añadiría algo más –limitándome al pasado– sobre lo que han dicho los grandes cómicos, desde Petrolini hasta Chaplin, de la impura, envilecida comicidad de los miserables payasos que intentaron hacerles la competencia, pero lo dejaremos para la próxima entrega.

Para explicar cómo pudo ese disparatado y exagerado «ridículo» seducir a un pueblo de gran cultura como el alemán, Mann recurre a dos tipos de motivaciones, que también pueden sernos útiles a nosotros. Por un lado, una crisis de democracia: su incapacidad para resolver los problemas de aquella sociedad en aquella fase histórica concreta.

Es justamente esa incapacidad la que, desde el punto de vista masivo, despeja el camino a la pérdida de todo sentido del ridículo (esto es, en otras palabras: a toda percepción razonable de los valores). Por otro, se produce lo que yo llamaría una degeneración masiva de la propia opción y lógica democrática, la inversión de las prácticas normales de consenso, que se rigen por la ley, a una especie de explosión de instintos neobárbaros, que ya no sabe distinguir la luz de la razón (como vemos, también en este caso el proceso se mueve en ambas direcciones al mismo tiempo, de arriba abajo y de abajo arriba). Escuchemos las palabras increíblemente lúcidas de Mann: «La inmensa oleada de barbarie excéntrica y de vulgaridad primitiva, plebeyamente democrática, producto de impresiones violentas, desconcertantes y al mismo embriagadoras y estimulantes para los nervios, que está arrollando a la humanidad» (de Appel and die Vernunft: esto es, «Una súplica a la razón», un título que ya es todo un programa, considerando que el discurso es de octubre de 1930, cuando los alemanes todavía habrían podido tomarlo en cuenta, pero no lo hicieron). Por lo tanto, parafraseando, si es que lo logramos, podríamos decir que el ridículo como instrumento de seducción política es señal infalible del abandono de la tradición y del ámbito democráticos y de la apertura de una nueva e inquietante franja de experiencias que, llámese dictadura o democracia autoritaria, tienden, de una forma u otra, a traspasarlos; la pérdida masiva del sentido del ridículo es la prueba más genuina de la degeneración de un pueblo en una mezcla de individuos separados, enajenados por la fascinación de un –esencialmente replicante, si bien formalmente mutante– «obseso infame» cualquiera. Entendámonos, el ridículo es un poco como el mal olor: no todos lo notan en el mismo momento, y hay quien no lo nota nunca. Es decir, por definición (definición cultural y política) ser capaces de notarlo –esto es, lo que normalmente solemos llamar sentido del ridículo– es de por sí un hecho elitista, es difícil que las masas den con él por sí mismas. Pero cuando las masas lo han perdido por completo quiere decir que las elites han sido totalmente derrotadas, y entonces se despeja el camino a la hegemonía del «bufón». En fin, se trata siempre del mismo tema, mejor dicho, del mismo proceso, aunque se puede declinar de varias maneras.

Para poder reírse de sus incomparables «ridículos» de antaño, los alemanes y los italianos han necesitado una espantosa guerra, a lo largo de la cual los oropeles han ido cayendo uno detrás de otro, los uniformes carnavalescos se han hecho jirones y la mueca oculta tras la máscara se ha mostrado en todo su horror: aún no se podía volver a reír de ello, se hizo a posteriori, mucho más tarde, cuando ya en realidad no hacía ninguna falta, porque sencillamente ya no había de qué reírse. ¿Qué catástrofe hemos de esperarnos (y de desear) para que los italianos puedan reírse del «ridículo» que hoy les gobierna?

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Más ….. más …… y más …..Para desarrollar un espacio de innovación SE NECESITA MÁS:- más DIVERSIDAD (pensar globalmente, culturalmente, holísticamente ….. y menos “pensamiento único” o teoría para todo y para todos)Para pensar en diversidad es preciso generar unas condiciones favorables de interrelación entre los actores. Se tienen que romper muchas barreras, muchas de ellas invisibles y/o inconscientes que nos acompañan en lo cotidiano y a las que nos hemos acostumbrado tanto, que hasta cuando parece que podemos liberarnos de esas barreras, ponemos pegas y hasta nos enfadamos cuando nos conducen por esos arrabales. No hay barrera que se caiga sola, es preciso ayudarla actitudinal y físicamente. En este caso, existen unas costumbres o modus operandi, por lo que a la gran mayoría nos han metido en unos rediles donde la uniformidad –igual que la verdad o hasta la jerarquía, se dan por leyes globales y nos acompañan en nuestro quehacer-. Menos mal que el tiempo de aprender casi siempre coincide con la juventud y en ella hay algo que nos lleva a mostrarnos o ser distintos de nuestros mayores, porque si no contásemos con esa cuestión a favor, sería más difícil aún entrar en la diversidad. Pero como todo, las murallas se han de ir deteriorando, pero no eliminándolas del todo, porque si así fuese pudiera ser que no pudiéramos resistir el cambio. La diversidad se acepta mejor para otros o para animales o para cosas inanimadas, y la apreciamos, pero no es tan fácil aceptar la diversidad en la verdad, la inestabilidad de lo que sabemos, su provisionalidad, la riqueza de las opciones o de los acercamientos a cada fenómeno, la no-linealidad en lugar de cualquier semejanza con lo mecánico y/o seguro-automático. Abordar a diversidad surge del intercambio, del conocimiento de lo otro, de la superación de las verdades y dogmas, de la relativización de todo o casi todo. Caminar en la diversidad es caminar en la libertad. Para llegar a ese camino, se hace preciso conocer, pero sobre todo conocer al otro, conocer al diferente, al diverso, y comprenderlo, no sólo verlo, sino vivir con el/ellos/ellas, y por tanto, comprender con otros, rompiendo con el juego solitario y aislado del que busca la notoriedad aprendiendo solo, en su camino hacia la heroicidad. Si caminamos con otros, las cosas se ven diferentes, a no ser que aquellos con los que caminemos sean tan tan parecidos a nosotros que eviten de igual forma ver lo diferente. El grupo prepara el camino de la diversidad, siempre que el grupo no sea algo aglutinado y homogéneo, sino un todo interdependiente y diferente, o al menos, mínimamente diferente, tanto en cuanto sus objetivos como en sus medios, recursos y conocimientos. La búsqueda no se hace pensando en la diversidad, sino pensando y trabajando-investigando en conocer, en aprender, en investigar, en vivir. La vida no sólo es rica en consideraciones, sino que apreciándola llegamos a ver sus matices, su diversidad, su variedad, y alguien y siempre encontrará algo que nos sorprenderá y lo incorporaremos en el bagaje intelectual compartido en dónde llegaremos a movernos. Por otra parte, la diversidad y la identidad en los pueblos están muy cercanas. Precisamente la supuesta identidad nacionalista conduce a la dificultad de percibir la diversidad o verla siempre como maligna, como perseguible, y es una buena causa de conflictos y guerras. El etnocentrismo aparece de esta forma como la antítesis de la diversidad, y busca la homogeneidad y lo único, “lo verdadero”.Casi en cualquier caso, el conocimiento nos permite ir rompiendo las barreras de las formas únicas, verdaderas, etnocéntricas y homogéneas. Y especialmente el conocimiento que se forja a partir de un grupo, de ellos mismos. – más PRACTICIDAD-aplicabilidad (pensar para cambiar, no pensar sólo para saber, aunque nadie encuentre el sentido práctico de lo que “se sabe”)Construir o seguir ideologías es no sólo fácil e irreal, sino que puede y normalmente maneja a las masas y les evita pensar, sustituyendo su libertad y alienando socialmente. – más LIBERTAD, más autonomía, más autoaprendizaje, y menos institución (las instituciones en el mejor de los casos llevan de diez a veinte años de retraso sobre lo que es y lo que se sabe, en el sentido anterior)- más COMUNICACIÓN, en todos los sentidos, de abajo a arriba, de arriba a abajo, en horizontal -tal vez la más necesaria y menos utilizada-. Para ello se precisa más ESCUCHA, y mayor sentimiento de que el otro puede “siempre salvarnos”.- Más ACCIÓN, más pruebas, más experimentaciones, más espacios de acción, todos ellos interrelacionados (y menos darle vueltas a las cosas y seguir dándoles vueltas). Esto se aplica a la educación como a la empresa o a la sociedad.- Más INTERCOMUNICACIÓN, mayor interrelación, más ramales de lo mismo, y por tanto, más profundidad y menos superficialidad en todo, en las relaciones, en la interacción de los objetos, en todo. Es preciso cuidar asimismo los espacios físicos, porque condicionan de forma importante las relaciones entre personas. No es lo mismo un espacio enfrentado, como es el propio de los colegios y escuelas, a un espacio redondo, donde todos nos veamos las caras.- Más INVESTIGACIÓN, más búsqueda, más inquietud, más iniciativa, como contraposición a quedarnos sentados viendo o leyendo lo que otros hacen o encuentran.- Más amplitud e interrelación SOCIAL. 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Nada es perfecto, sólo viene a serlo la necesidad de mejorar lo que ya se conoce.- más VARIEDAD en lo que se hace o lo que se aprende: ¡hay tantas cosas de las que podemos disfrutar!- más EXPERIENCIA, más vida, más sentirlo tú mismo, que vivir la vida que otros ya han experimentado y vivido. Cosas vivas para vivir.- Más MOTIVACIÓN-INTERÉS, y menos controles (y si los controles son “inevitables”, devolverlos corregidos y mostrando lo que no se ha aprendido bien o se puede mejorar). El control sólo amedrenta, pero ¿enseña? Vincularlo con “más libertad-autonomía”.- Más FLEXIBILIDAD y al tiempo, más PLANIFICACIÓN (flexible, por supuesto: la planificación si no se cumple ya ha cumplido su papel: dignificarnos como personas que quieren ir hacia allí y no hacia otro lado: saber adónde se quiere ir)Todo esto y más es lo que se puede conseguir en espacios de innovación, basados precisamente en aprender metodologías que conllevan el cambio hacia la libertad, la diversidad y transversalidad de conocimientos y personas, la intercomunicación y otros Para ello es preciso enfatizar en las potencialidades y competencias de los profesores, de los directores, de los coordinadores …… Pocas veces, todas o alguna de estas cuestiones no son debilidades estructurales y formativas de los mismos. Y casi siempre pueden mejorar mucho las cosas que hacen y cómo las hacen. Por tanto, todo lo escrito constituyen TENDENCIAS NECESARIAS PARA ENFOCAR, ORIENTAR Y ORGANIZAR LA INNOVACIÓN SOCIAL, la INNOVACIÓN ORGANIZATIVA, LA INNOVACIÓN EDUCATIVA Y TODO TIPO DE INNOVACIÓN. Hay otras, pero ya he hablado de muchas. En todo caso, si queréis ayudarme …. estaría encantado.De las Debilidades Estructurales y cómo convertirlas en ÁREAS DE MEJORA ESTRUCTURAL y OportunidadesDe cualquier forma, en mi criterio, son cuatro los puntos “débiles” o de mejora en que se podía aglutinar todo el problema:Más participación y consiguientemente, más grupo. Se precisa formarse en grupos y en su metodología para generar espacios de participación. No se aprende por “ciencia infusa”, sino trabajando intensamente, formándose en aquello que es la clave para participar, saber cooperar y trabajar en grupo. Hemos conseguido reformular una metodología grupal que permite a un profesor o a un director o a un coordinador en nueve pasos, nueve reuniones y un espacio virtual entre ellas, buscando la aplicabilidad, y con un apoyo asesor a sus proyectos docentes, empresariales o cooperativos, pueda ser un buen líder grupal y generar un espacio abierto de cooperación y participación en el aula, en los grupos, en la empresa o en las organizaciones del tercer sector. Por tanto, más participación implica más grupo y, consecuentemente, uno tiene que conocer en profundidad cómo puede facilitar la construcción de grupos, su desenvolvimiento y su materialización en aprendizajes o proyectos innovadores. Más acción, fomentar la acción y la practicidad de lo que se hace, el sentido real, de las cosas experimentadas. El aula suele estar muerta y mirándose al ombligo, encerrada en sí misma. Y lo mismo, la empresa o la organización comunitaria. Les falta acción. Claro que la acción siempre comporta mayor riesgo, sobre todo, de errores (“el que tiene boca, se equivoca”, el que hace y va a la realidad de la vida, aprende equivocándose, pero difícilmente no se equivoca, aunque luego lo sepa aprovechar para hacerlo mejor). La acción debe correr en paralelo, pero una milésima de segundo adelantada sobre la investigación: action-research es el mejor método para acercarnos a una acción que nos beneficie con su aprendizaje continuo, basado en gran medida en el error (que suele ser el buen aprendizaje), y a la vez nos permita saber que ocurre para que las cosas vayan como van, y en cierta medida, replantear continuamente la planificación de la acción y el problema saber verlo desde varias perspectivas. La acción es una asignatura pendiente de las aulas, y de las organizaciones empresariales o sociales y no digamos de la administración pública. Más internet, más virtual, menos tiempo de aula y más trabajo en la casa o donde sea, con sus compañeros o sólo, pero utilizando software y plataformas que realmente mejoren y amplíen las posibilidades y oportunidades del aprendizaje aportados por el mundo virtual. Para ello, se precisa mucha orientación, porque ni en la institución enseñanza, ni en la organización, se plasma más que los conocimientos de los individuos que en espacios de aprendizajes compartidos horizontalmente. El gap-hándicap de profesores y generalmente coordinadores respecto a sus alumnos o a sus colaboradores en el plano internet suele ser muy amplio, y eso les lleva a utilizar peor esos instrumentos y en términos relativos, y a tender a “encerrarse” en su poder, evitando el avance de su organización, sea la que sea. Para que obtengamos de internet lo que es posible, y es mucho, es preciso que experiencias y conocimientos de “los de abajo” sean las que lideren las aulas o las organizaciones, y siempre sabiendo que en la mayoría de los casos, internet o el mundo del software nos aportan un complemento extraordinario de lo que ya sabemos hacer, lo que permitirá aumentar nuestras posibilidades y mejorar ostensiblemente lo que aportamos. Más planificación, previsión, saber lo que queremos hacer y con qué ritmos. Nuestras plataformas docentes u organizativas han de estar planificadas, no para acertar –que también-, sino para saber en cada momento lo que hacemos y por qué lo hacemos. La cuestión de los ritmos es muy importante. Y los ritmos demasiado estresados fragmentan las posibilidades y hacen menos positivo el esfuerzo. Saber pensar en términos de ciclos, de ciclos de innovación, donde la presencia se sigue de la “ausencia” virtual, forjándose así una continuidad en el proceso; o que todo se organiza según las máximas de la metodología científica, sabiendo que no podemos esperar que todo tenga el mismo ritmo, sino que hay cosas que se pueden plantear en términos diarios o semanales o mensuales o trimestrales o anuales. Y eso, refinarlo. Los ritmos son como los latidos, importantísimos para que el organismo funcione mejor y con menos disfunciones. En estos tres meses ….¿Qué he aprendido estos 3 meses?Ya han pasado tres meses desde el inicio de curso. A lo largo del mismo tenemos distintos profesores con distintas maneras de impartir sus clases: unos centrados en la teoría, otros centrados en las prácticas y otros centrados en reflexiones y en la dinámica. ¿Cuál es la mejor manera de aprender?Los estudiantes no queremos estudiar, no queremos estar tardes y tardes estudiando teorías de memoria para que en cuanto pasemos el examen se nos olvide todo. Porque eso es lo que pasa, las cosas que se estudian mal y sin ganas se terminan olvidando con el tiempo. Tampoco queremos hacer trabajos interminables en los que no tienes tiempo para otras asignaturas. Entonces, ¿qué es lo que los estudiantes queremos? Queremos aprender, no memorizar.¿Cuál es la mejor manera de aprender? Participar y escuchar a otros. Cuáles son sus opiniones y discutir sobre ello. Descubrir por nosotros mismos, porque el maestro no es sino una herramienta para el aprendizaje, un guía que nos ayuda a seguir hacia delante, que nos da pautas. El verdadero poder de aprender reside en nosotros mismos.Una buena manera de aprender es mediante grupos. Gracias al trabajo en grupo podemos aprender no sólo sobre el tema que decidimos tratar, sino que aprendemos a escuchar al resto de los integrantes, aprendemos a organizarnos, a expresarnos, a conocer distintos puntos de vista, a llevar a cabo trabajos en conjunto, a trabajar con gente que tiene distintos objetivos y opiniones, a solucionar posibles problemas que surjan… Aprendemos a ver más allá de lo que pensamos, y eso en nuestra carrera considero que es muy importante. Publicado por sandrel

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