Programas para directivos

Diseñar un Programa para directivos, para altos directivos, puede parecer un tema donde ya se ha hecho o probado casi todo, pero no es en absoluto cierto.

Los Programas para Directivos adolecen de una mecánica conservadora, y se recurre sistemáticamente a las mismas referencias, que se repiten indefinidamente. Lo único que suelen cambiar son los “gurús” de moda y algunos de los casos que se suelen utilizar. Poco más. Bueno, alguna vez un profesor, por viejo o por traslado, es cambiado por otro.

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Todos parecen estar no muy satisfechos con esos programas y querer cambiarlos, pero al final, nadie se atreve a hacerlo, entre otras cosas porque el modelo tradicional, teoría más casos, va funcionando y es coherente y, sobre todo, fácil, muy fácil de aplicar, ni siquiera se necesita mucha formación por parte del profesorado para realizarlo y de esa forma, las posibles sustituciones o cambios se manejan mejor por la organización promotora y los costes también se reducen.

Es una fórmula rentable, de éxito. Hacemos el programa intensivo de siempre, donde hay muchas herramientas y técnicas; le añadimos unos cuantos casos de estudio; le sumamos unas conferencias o presentaciones especiales, y el programa queda bien. Si aún somos capaces de que los participantes se conozcan, reuniéndolos en grupos –aunque sea sin metodología alguna- y que trabajen sobre los casos u otras materias, mejor, porque la “gente” agradece eso de “liberarse” del aula y de tener que escuchar todo el tiempo. Luego hacemos que la gente cuente lo que ha aprendido o estudiado sobre el caso, que hablen sobre todo los portavoces y hacemos un pequeño refrito y la clase funciona. Además, si los participantes han de realizar algún tipo de trabajo o leer algún libro, aún podemos mejorarlo. Total, un cocktail de esos que suelen gustar.

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Por otra parte, el participante parece que aprende –al menos, ha ido a una institución aceptable, donde ha conocido a otros participantes, alguno de los profesores no era malo, y no tuvo presiones para aprender, sino que el ritmo era pausado, pudiendo descansar de sus tareas cotidianas-, y es cierto, aprende, pero poco, para el tiempo que dedica. Es un modelo poco rentable en dedicación de tiempo y en aprendizaje práctico, pero una vez que se está dentro, no importa, porque los compañeros y compañeras compensan suficientemente la rutina de todos los días, y hasta siempre hay alguno que promueve una cena o una comida o una regularidad de reuniones informales, que pueden ser lo mejor de un master o de un curso de estas características. Por otra parte, quién de los participantes va a criticar un programa al que ha dedicado unas horas y “le interesa” que sea un buen programa, pues normalmente nadie.

Y otra cosa, que es preciso tener en cuenta: que los profesores no sean demasiado buenos u originales, sino más bien que pasen desapercibidos, traten bien a los alumnos, y sean amables y cuidadosos con ellos, sin crear en ningún caso polémicas o conflictos, ni mostrar ideologías o proyectos que sean muy discordantes con el sentir general. Y por supuesto, las críticas siempre en la misma dirección, pues se trata de generar ideología.

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Bueno, pues a mi esos programas me alteran las tripas. Me aburren, los veo conservadores, antiguos, desfasados, sin contenidos, sin aprendizajes reales, y poco rentables o satisfactorios. Algunas cosas aisladas podría salvar, pero me parece un sistema conservador de reproducción de lo existente, un sistema que hace que nuestros directivos sean lo que son, unos autoritarios, tantas veces, engreídos, y tan poco dados a acercarse al cliente o al trabajador …………

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Un comentario en «Programas para directivos»

  1. Una mediocridad de programas, sin duda. Mediocridad en contenidos, mediocridad en profesores, mediocridad en espacios de trabajo y en sistemas, y nulidad en métodos. Además, todos son malas copias de originales lejanos. Sin investigación, o con pseudo-investigación, sin ningún contraste, buscando más la publicidad que la profundidad. Parece mentira que sea así, pero todo ello se combina en una especie de “contubernio” entre escuelas y participantes, por el que no se puede hablar mal de lo que hemos hecho, por lo que lo que se ha hecho es casi perfecto, o siempre se habla bien. Lo contrario sería masoquismo. Asi se puede ir a peor, y sin embargo, no querer darse cuenta de que ya se estaba mal desde el principio. Y no me vale el tan manido: “hacemos lo que hacen otros, y tal vez mejor”, porque ni es cierto lo primero, ni tampoco lo segundo.

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