Era un niño feliz. Tenía 8-10 años y era feliz (ahora también soy feliz, no es que haya dejado de serlo).

Tenía una madre maravillosa, para mí guapísima, una mujer en toda la expresión de la palabra, su familia que era muy extensa, también lo decía. No era tan espectacular como su hermana más mayor, Charo, pero todos pensaban que era muy guapa. Yo estaba seguro, como supongo que otros muchos niños, que mi madre era la más de las más. Era cariñosa, era cercana, pero no era agobiante: no era en ese sentido una madre tradicional. Alguna vez recuerdo haberle oido decir que sus hijos le encantaban porque eran sus hijos, pero no tenía un sentido de protección que le llevara a convertirse en una «mamma», sino que en el fondo tenía su vida, su vida era importante, y una parte de ella, éramos nosotros. Una madre un poco diferente a otras.

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Mi padre era único y además, brillaba en el entorno. Era afable, simpático, tenía siempre una ocurrencia, pero nunca metiéndose con nadie, ni destruyendo, sino que todos nos reíamos de sus «gracias», y de sus relatos. Era un hombre que «hubiera tenido muchas razones», pensándolo bien, para ser un amargado. Le habían obligado a luchar contra los suyos, y en contra de sus ideas, para proteger-«tapar» a los suyos, a su padre, a su hermano, a su tio. Él fué el sacrificado de la familia, porque era más joven, y todavía sólo se había iniciado, pero no destacado en los foros políticos locales de la II República; y para más inri, no era ni siquiera español; su pasaporte fue argentino -aunque hijo de gallegos- toda su vida, hasta que en los dos o tres últimos años pidió la doble nacionalidad.

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Había estudiado lo elemental, pero era un autodidacta, leía mucho, siempre al día de las noticias, por supuesto también políticas, oía el «diablo hablado» -así siempre pensaba que se llamada el famoso parte o diario hablado obligatorio y radiofónico que ponían siempre a las dos y media- porque él a veces lo comentaba, comentaba críticamente las muchas mentiras que querían hacernos «tragar». Le encantaba también el cine, el buen cine, y cuando iba solo a ver una película que no le apetecía a mi madre -casi siempre iban juntos los fines de semana-, venía y nos reuníamos en la cocina y él nos contaba con tanta calidez y viveza lo que había visto, que yo muchas veces cuando he visto en directo esas películas me han gustado mucho menos, porque mi padre era un excelente narrador.

Otros días nos hablaba de sus experiencias en la guerra, pero con una positividad, y hasta humor, que contrastaban con las penurias que seguro había tenido que pasar en ella. Algún día contaré algo de todo eso.

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Pero mi relato de hoy no iba por ahí, quería hablar de esas edades intermedias de los ocho a los doce años. Quería hablar de mí, pero no he podido resistir hablar de mi entorno, de mis padres, que eran extraordinarios, como espero que lo hayan sido para cada uno de mis lectores. Indudablemente yo los veía todavía más extraordinarios de lo que probablemente eran, pero sinceramente, y en la lejanía en el tiempo, creo que lo eran.

Bien, yo era un niño feliz. Gracias a mi padre, aprendí a leer a los cuatro años, y mi paso por tres escuelas, una de ellas pública, y las otras de barrio, me hacía más feliz. Pronto me gustó leer, pronto me gustó observar -recuerdo que me gustaba mucho mirar por la ventana, desde el cuarto piso en que vivíamos, y delante había un descampado, lleno de gatos, me sorprendía su forma de vivir, sus maneras de relacionarse, también las sexuales, por supuesto; u observar las tonalidades de la lluvia o los fuegos de una noche de San Juan-, ver cosas, siempre he tenido los ojos abiertos a toda novedad o algo diferente que no había visto.

Mi mayor pasión era, cuando quedaba libre de escuela y deberes, que mis padres -casi siempre mi madre- me dejaran ir a la calle, ir a la calle era ir con los amigos de la misma calle, con las pandillas, con los vecinos, con las vecinas; muchas veces, por portarme mal fui castigado: «hoy no vas a la calle», y era la peor sanción que podía recibir de boca, normalmente de mi madre.

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Era una «calle», creo que ya lo he comentado, como de frontera; una calle que podíamos hoy calificar como de clase media-baja o baja, una calle en lo que eran las afueras de La Coruña: para nosotros, aunque no siempre estábamos en esa misma calle, era «la calle Vizcaya». Ahí nos reuníamos: cuando era más pequeño, más bien en los portales, en las escaleras de nuestra casa, en lugares cercanos a la propia vivienda; luego, poco a poco, ampliando el espacio de la calle, haciendo excursiones, por supuesto un poco aventureras a otras calles cercanas, donde no siempre era posible convivir -recuerdo algunas peleas «a pedradas» con bandas de otras calles, sin mayores consecuencias, aunque alguna piedra llegaba a su destino-. Teníamos nuestro territorio, un territorio que nos parecía amplio.

Jugar en la calle era jugar con chicos y chicas. Las chicas me fueron enseñando otras formas de jugar, más tranquilas: a la comba, también llamada «la cuerda», al «quedas», al «escondite», a «dos navios a la mar» …… Los chicos jugábamos a «las bolas», a las «chapas», a la «buxaina», al futbol, y también a subirnos en las traseras de los pequeños camiones que pasaban por la calle, a veces a pelearnos o a la «lucha libre» o, como hacían Los Proscriptos de Crompton, reunirnos en una pequeña cabaña de madera, cuando llovía y hablar, no sé de qué, pero hablar; también teníamos perros callejeros que los cuidábamos y a veces, los torturábamos, por ejemplo, cuando estaban en celo ….. en fin, una calle muy viva, muy activa, muy variada.

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Había chicos muy duros, a los que respetábamos por su fuerza y su dureza, y otros menos agresivos, pero era un sitio donde había que ser valorado por los otros y sobrevivir, supongo que no era un barrio como pueden mostrarnos las películas de los barrios marginales de New York o similares, pero era un barrio bastante duro. Y …. yo no era duro. Siempre era más joven que mis compañeros -porque siempre me gustó ir con gente de más edad que yo, supongo que para aprender más rápidamente-, a veces sólo por unos meses, pero solía ser de los más jóvenes, y no era ni mucho menos fuerte. Era fuerte, pero poco. Y no me gustaba nada pelear, más bien a veces hacía de «conciencia» de las muchas maldades que hacíamos, y me enfrentaba, siempre dialécticamente, con otros, reprendiendo sus comportamientos (recuerdo uno, no sé porqué, ya sabemos que la memoria suele ser errática: una vez que tres de ellos se pusieron a tirar piedras altas a las personas que pasaban con un paraguas, las bombeaban y caían la mayoría de las veces -eran muy buenos tirando piedras- en la parte de arriba de los paraguas. Recuerdo que les dije que eso no estaba bien, y uno de ellos me pegó un tortazo que todavía hoy puedo imaginar).

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Pero éramos amigos, y aunque yo tuviera una cierta tendencia a respetar a los demás, y algunos de ellos hicieran cosas que no me gustaban, seguían siendo mis amigos, y yo seguía siendo un poco debilucho para lo que se estilaba en mi calle. No recuerdo que fuera objeto de burlas ni de escarnios por eso, o las he llevado a mi insconciente más profundo, o no ocurrieron: aseguraría que no ocurrieron-. Tampoco sé porqué me aceptaban como su amigo, tal vez es que era bastante o muy bueno jugando a cualquier cosa: al futbol, a las bolas, a las chapas, a la bujaina-peonza -en mi tierra se llamaban buxainas, porque estaban hechas de boj, buxo en gallego-. sí era bueno, y además, tenía algo especial con las chicas …. no de ligar, que no ligaba nada, sino de ser amable con ellas, de que me trataban como un hermano, entre otras cosas porque la mayoría eran de mi edad o mayores, y ya se sabe que las chicas «crecen» más aprisa que los chicos: no era su tipo, aunque sólo fuera por mi edad. Pero ….. era feliz, muy feliz.

Y además, me sentía muy arropado y hasta cierto punto, como un privilegiado. Era un privilegiado porque no había un padre como el mio, y en términos relativos, parece que teníamos una situación económica algo superior a la media de los padres del barrio o tal vez es que mi padre era una persona muy desprendida que gustaba de regalar y de dar. Por ejemplo, mi padre me llevó al futbol, que le encantaba, me llevó desde los seis o siete años. Íbamos al Estadio de Riazor, me hizo socio del Deportivo, en aquella época todavía no existía el Depor, era el Deportivo, pero eso era un privilegio, nadie iba a ver al estadio como yo. Puedo decir que he visto con mis pocos años a la «orquesta canaro», que llegó a clasificarse segunda de la Liga española -todos los delanteros,menos el extremo izquierdo eran argentinos. También me llevaba al campo de La Granja, donde jugaban en verano los equipos amateurs. Eran cosas muy importantes, en mi calle casi nadie iba con su padre al futbol, y mucho menos a ver al Deportivo. No sé, supongo que aportaría algunas cosas a mis amigos de la calle, por lo que me soportaban a pesar de ser más pequeño y ser un débil físicamente -no es que lo fuera, pero en términos comparativos, sí lo era-. Y vuelvo a lo mismo ….. yo era un niño feliz.

Y además, mi felicidad se completaba con lo que aprendía en las aulas. Me gustaban mis profesores, los respetaba -siempre bajé la cabeza cuando he hablado con un profesor o un maestro, una leve inclinación, y todavía hoy lo hago si me encuentro con un maestro, siempre he respetado a mis maestros-, sabía que eran maravillosos, que me ayudaban, que si me exigían tenían razón, y a los ocho años ya podía hacer toda la gran tarea diaria que Don Rafael ponía en la pizarra para que hicieramos todos, desde 8 años hasta 14 años. Ahí había de todo, desde análisis morfológicos y sintácticos hasta proporciones, problemas de interés y ecuaciones de primer grado y por supuesto, reglas de interés simple y compuesto y otras muchas cosas más. Muchos de mis compañeros de 13 y 14 años no hacían más de la mitad de la tarea. A mi me encantaba abordar lo que me ponían. Decían que valía mucho para las matemáticas, pero me defendía, aunque menos, con la ortografía y el idioma. Mi madre siempre me destacaba con sus amigas, por mis cualidades para el cálculo y los problemas. En mi época era lo más importante, sin duda, era lo más importante, lo que más se valoraba.

Otro día continuo estos recuerdos. Hay tantas cosas que contar.

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Más ….. más …… y más …..Para desarrollar un espacio de innovación SE NECESITA MÁS:- más DIVERSIDAD (pensar globalmente, culturalmente, holísticamente ….. y menos “pensamiento único” o teoría para todo y para todos)Para pensar en diversidad es preciso generar unas condiciones favorables de interrelación entre los actores. Se tienen que romper muchas barreras, muchas de ellas invisibles y/o inconscientes que nos acompañan en lo cotidiano y a las que nos hemos acostumbrado tanto, que hasta cuando parece que podemos liberarnos de esas barreras, ponemos pegas y hasta nos enfadamos cuando nos conducen por esos arrabales. No hay barrera que se caiga sola, es preciso ayudarla actitudinal y físicamente. En este caso, existen unas costumbres o modus operandi, por lo que a la gran mayoría nos han metido en unos rediles donde la uniformidad –igual que la verdad o hasta la jerarquía, se dan por leyes globales y nos acompañan en nuestro quehacer-. Menos mal que el tiempo de aprender casi siempre coincide con la juventud y en ella hay algo que nos lleva a mostrarnos o ser distintos de nuestros mayores, porque si no contásemos con esa cuestión a favor, sería más difícil aún entrar en la diversidad. Pero como todo, las murallas se han de ir deteriorando, pero no eliminándolas del todo, porque si así fuese pudiera ser que no pudiéramos resistir el cambio. La diversidad se acepta mejor para otros o para animales o para cosas inanimadas, y la apreciamos, pero no es tan fácil aceptar la diversidad en la verdad, la inestabilidad de lo que sabemos, su provisionalidad, la riqueza de las opciones o de los acercamientos a cada fenómeno, la no-linealidad en lugar de cualquier semejanza con lo mecánico y/o seguro-automático. Abordar a diversidad surge del intercambio, del conocimiento de lo otro, de la superación de las verdades y dogmas, de la relativización de todo o casi todo. Caminar en la diversidad es caminar en la libertad. Para llegar a ese camino, se hace preciso conocer, pero sobre todo conocer al otro, conocer al diferente, al diverso, y comprenderlo, no sólo verlo, sino vivir con el/ellos/ellas, y por tanto, comprender con otros, rompiendo con el juego solitario y aislado del que busca la notoriedad aprendiendo solo, en su camino hacia la heroicidad. Si caminamos con otros, las cosas se ven diferentes, a no ser que aquellos con los que caminemos sean tan tan parecidos a nosotros que eviten de igual forma ver lo diferente. El grupo prepara el camino de la diversidad, siempre que el grupo no sea algo aglutinado y homogéneo, sino un todo interdependiente y diferente, o al menos, mínimamente diferente, tanto en cuanto sus objetivos como en sus medios, recursos y conocimientos. La búsqueda no se hace pensando en la diversidad, sino pensando y trabajando-investigando en conocer, en aprender, en investigar, en vivir. La vida no sólo es rica en consideraciones, sino que apreciándola llegamos a ver sus matices, su diversidad, su variedad, y alguien y siempre encontrará algo que nos sorprenderá y lo incorporaremos en el bagaje intelectual compartido en dónde llegaremos a movernos. Por otra parte, la diversidad y la identidad en los pueblos están muy cercanas. Precisamente la supuesta identidad nacionalista conduce a la dificultad de percibir la diversidad o verla siempre como maligna, como perseguible, y es una buena causa de conflictos y guerras. El etnocentrismo aparece de esta forma como la antítesis de la diversidad, y busca la homogeneidad y lo único, “lo verdadero”.Casi en cualquier caso, el conocimiento nos permite ir rompiendo las barreras de las formas únicas, verdaderas, etnocéntricas y homogéneas. Y especialmente el conocimiento que se forja a partir de un grupo, de ellos mismos. – más PRACTICIDAD-aplicabilidad (pensar para cambiar, no pensar sólo para saber, aunque nadie encuentre el sentido práctico de lo que “se sabe”)Construir o seguir ideologías es no sólo fácil e irreal, sino que puede y normalmente maneja a las masas y les evita pensar, sustituyendo su libertad y alienando socialmente. – más LIBERTAD, más autonomía, más autoaprendizaje, y menos institución (las instituciones en el mejor de los casos llevan de diez a veinte años de retraso sobre lo que es y lo que se sabe, en el sentido anterior)- más COMUNICACIÓN, en todos los sentidos, de abajo a arriba, de arriba a abajo, en horizontal -tal vez la más necesaria y menos utilizada-. Para ello se precisa más ESCUCHA, y mayor sentimiento de que el otro puede “siempre salvarnos”.- Más ACCIÓN, más pruebas, más experimentaciones, más espacios de acción, todos ellos interrelacionados (y menos darle vueltas a las cosas y seguir dándoles vueltas). Esto se aplica a la educación como a la empresa o a la sociedad.- Más INTERCOMUNICACIÓN, mayor interrelación, más ramales de lo mismo, y por tanto, más profundidad y menos superficialidad en todo, en las relaciones, en la interacción de los objetos, en todo. Es preciso cuidar asimismo los espacios físicos, porque condicionan de forma importante las relaciones entre personas. No es lo mismo un espacio enfrentado, como es el propio de los colegios y escuelas, a un espacio redondo, donde todos nos veamos las caras.- Más INVESTIGACIÓN, más búsqueda, más inquietud, más iniciativa, como contraposición a quedarnos sentados viendo o leyendo lo que otros hacen o encuentran.- Más amplitud e interrelación SOCIAL. Empresas, Estado o Educación se muestran demasiado encerrados en sí mismos y no en un espacio social y socializador más amplio. Abrir las aulas, extenderlas al exterior de los edificios, hacia la naturaleza, hacia nuestra vida y nuestra historia …. pasear, admirar lo nuestro, ver lo ajeno y también admirarlo. Integrarlo todo en un espacio complejo.- Más PASIÓN, más sentimiento, más enamoramiento de lo que podemos saber y lo que ya sabemos- Más INDUCIR, INVITAR, MOTIVAR A APRENDER y menos obligar a aprender. Tenemos que sentir el amor a aprender, y a aplicar, y que aplicando analizar lo que aprendemos y nos sirve de referencia para mejorar al paso siguiente.- Más PROYECTOS, más iniciativas, más emprendimientos, más riesgos y menos repetir lo mismo, hacer lo del año pasado. Nada es perfecto, sólo viene a serlo la necesidad de mejorar lo que ya se conoce.- más VARIEDAD en lo que se hace o lo que se aprende: ¡hay tantas cosas de las que podemos disfrutar!- más EXPERIENCIA, más vida, más sentirlo tú mismo, que vivir la vida que otros ya han experimentado y vivido. Cosas vivas para vivir.- Más MOTIVACIÓN-INTERÉS, y menos controles (y si los controles son “inevitables”, devolverlos corregidos y mostrando lo que no se ha aprendido bien o se puede mejorar). El control sólo amedrenta, pero ¿enseña? Vincularlo con “más libertad-autonomía”.- Más FLEXIBILIDAD y al tiempo, más PLANIFICACIÓN (flexible, por supuesto: la planificación si no se cumple ya ha cumplido su papel: dignificarnos como personas que quieren ir hacia allí y no hacia otro lado: saber adónde se quiere ir)Todo esto y más es lo que se puede conseguir en espacios de innovación, basados precisamente en aprender metodologías que conllevan el cambio hacia la libertad, la diversidad y transversalidad de conocimientos y personas, la intercomunicación y otros Para ello es preciso enfatizar en las potencialidades y competencias de los profesores, de los directores, de los coordinadores …… Pocas veces, todas o alguna de estas cuestiones no son debilidades estructurales y formativas de los mismos. Y casi siempre pueden mejorar mucho las cosas que hacen y cómo las hacen. Por tanto, todo lo escrito constituyen TENDENCIAS NECESARIAS PARA ENFOCAR, ORIENTAR Y ORGANIZAR LA INNOVACIÓN SOCIAL, la INNOVACIÓN ORGANIZATIVA, LA INNOVACIÓN EDUCATIVA Y TODO TIPO DE INNOVACIÓN. Hay otras, pero ya he hablado de muchas. En todo caso, si queréis ayudarme …. estaría encantado.De las Debilidades Estructurales y cómo convertirlas en ÁREAS DE MEJORA ESTRUCTURAL y OportunidadesDe cualquier forma, en mi criterio, son cuatro los puntos “débiles” o de mejora en que se podía aglutinar todo el problema:Más participación y consiguientemente, más grupo. Se precisa formarse en grupos y en su metodología para generar espacios de participación. No se aprende por “ciencia infusa”, sino trabajando intensamente, formándose en aquello que es la clave para participar, saber cooperar y trabajar en grupo. Hemos conseguido reformular una metodología grupal que permite a un profesor o a un director o a un coordinador en nueve pasos, nueve reuniones y un espacio virtual entre ellas, buscando la aplicabilidad, y con un apoyo asesor a sus proyectos docentes, empresariales o cooperativos, pueda ser un buen líder grupal y generar un espacio abierto de cooperación y participación en el aula, en los grupos, en la empresa o en las organizaciones del tercer sector. Por tanto, más participación implica más grupo y, consecuentemente, uno tiene que conocer en profundidad cómo puede facilitar la construcción de grupos, su desenvolvimiento y su materialización en aprendizajes o proyectos innovadores. Más acción, fomentar la acción y la practicidad de lo que se hace, el sentido real, de las cosas experimentadas. El aula suele estar muerta y mirándose al ombligo, encerrada en sí misma. Y lo mismo, la empresa o la organización comunitaria. Les falta acción. Claro que la acción siempre comporta mayor riesgo, sobre todo, de errores (“el que tiene boca, se equivoca”, el que hace y va a la realidad de la vida, aprende equivocándose, pero difícilmente no se equivoca, aunque luego lo sepa aprovechar para hacerlo mejor). La acción debe correr en paralelo, pero una milésima de segundo adelantada sobre la investigación: action-research es el mejor método para acercarnos a una acción que nos beneficie con su aprendizaje continuo, basado en gran medida en el error (que suele ser el buen aprendizaje), y a la vez nos permita saber que ocurre para que las cosas vayan como van, y en cierta medida, replantear continuamente la planificación de la acción y el problema saber verlo desde varias perspectivas. La acción es una asignatura pendiente de las aulas, y de las organizaciones empresariales o sociales y no digamos de la administración pública. Más internet, más virtual, menos tiempo de aula y más trabajo en la casa o donde sea, con sus compañeros o sólo, pero utilizando software y plataformas que realmente mejoren y amplíen las posibilidades y oportunidades del aprendizaje aportados por el mundo virtual. Para ello, se precisa mucha orientación, porque ni en la institución enseñanza, ni en la organización, se plasma más que los conocimientos de los individuos que en espacios de aprendizajes compartidos horizontalmente. El gap-hándicap de profesores y generalmente coordinadores respecto a sus alumnos o a sus colaboradores en el plano internet suele ser muy amplio, y eso les lleva a utilizar peor esos instrumentos y en términos relativos, y a tender a “encerrarse” en su poder, evitando el avance de su organización, sea la que sea. Para que obtengamos de internet lo que es posible, y es mucho, es preciso que experiencias y conocimientos de “los de abajo” sean las que lideren las aulas o las organizaciones, y siempre sabiendo que en la mayoría de los casos, internet o el mundo del software nos aportan un complemento extraordinario de lo que ya sabemos hacer, lo que permitirá aumentar nuestras posibilidades y mejorar ostensiblemente lo que aportamos. Más planificación, previsión, saber lo que queremos hacer y con qué ritmos. Nuestras plataformas docentes u organizativas han de estar planificadas, no para acertar –que también-, sino para saber en cada momento lo que hacemos y por qué lo hacemos. La cuestión de los ritmos es muy importante. Y los ritmos demasiado estresados fragmentan las posibilidades y hacen menos positivo el esfuerzo. Saber pensar en términos de ciclos, de ciclos de innovación, donde la presencia se sigue de la “ausencia” virtual, forjándose así una continuidad en el proceso; o que todo se organiza según las máximas de la metodología científica, sabiendo que no podemos esperar que todo tenga el mismo ritmo, sino que hay cosas que se pueden plantear en términos diarios o semanales o mensuales o trimestrales o anuales. Y eso, refinarlo. Los ritmos son como los latidos, importantísimos para que el organismo funcione mejor y con menos disfunciones. En estos tres meses ….¿Qué he aprendido estos 3 meses?Ya han pasado tres meses desde el inicio de curso. A lo largo del mismo tenemos distintos profesores con distintas maneras de impartir sus clases: unos centrados en la teoría, otros centrados en las prácticas y otros centrados en reflexiones y en la dinámica. ¿Cuál es la mejor manera de aprender?Los estudiantes no queremos estudiar, no queremos estar tardes y tardes estudiando teorías de memoria para que en cuanto pasemos el examen se nos olvide todo. Porque eso es lo que pasa, las cosas que se estudian mal y sin ganas se terminan olvidando con el tiempo. Tampoco queremos hacer trabajos interminables en los que no tienes tiempo para otras asignaturas. Entonces, ¿qué es lo que los estudiantes queremos? Queremos aprender, no memorizar.¿Cuál es la mejor manera de aprender? Participar y escuchar a otros. Cuáles son sus opiniones y discutir sobre ello. Descubrir por nosotros mismos, porque el maestro no es sino una herramienta para el aprendizaje, un guía que nos ayuda a seguir hacia delante, que nos da pautas. El verdadero poder de aprender reside en nosotros mismos.Una buena manera de aprender es mediante grupos. Gracias al trabajo en grupo podemos aprender no sólo sobre el tema que decidimos tratar, sino que aprendemos a escuchar al resto de los integrantes, aprendemos a organizarnos, a expresarnos, a conocer distintos puntos de vista, a llevar a cabo trabajos en conjunto, a trabajar con gente que tiene distintos objetivos y opiniones, a solucionar posibles problemas que surjan… Aprendemos a ver más allá de lo que pensamos, y eso en nuestra carrera considero que es muy importante. Publicado por sandrel

3 comentarios en «Recuerdos (4)»

  1. Querido Roberto:

    Soy Israel, ex alumno del Master de Recursos Humanos en la promoción de hace dos años. Me ha conmovido su relato. Sobre todo en lo que respecta al respeto a los maestros. Actualmente trabajo en una asesoria labora y a la vez interino profesor de filosofía en Ceuta. Y ya no existe ese respeto. Los niños no tienen inquietudes de ningún tipo filosóficas. Pero allí estoy luchando para que la cosa cambie. Como hay libertad de catedra pronto comenzaré rompiendo las barreras academicistas y hablando de filosofia practica, comunicación y aplicaciones filosoficas a problemas de hoy en día.

    Sigue así.

    Un fuerte abrazo

  2. Bueno, las cosas se han desmadrado un poco: en el plano familiar, en el de la escuela y en el de la calle, pero es que parece que nadie cumple con su role: ni los padres son auténticos padres -muchas veces pareciere que los hijos ejercen de «padres», mandando más en la casa que lo que les correspondería: hay que hacer lo que quieren los hijos-; ni los maestros pueden serlo, porque encuentran a la gente «des-ubicada», sin que su labor sea o pueda ser reconocida, y ellos mismos «tiran la toalla» antes de intentar hacer las cosas bien; ni la calle es la calle -por lo de pronto, ahora hay demasiados coches y no se puede jugar en la calle, sino en parques debidamente acondicionados; hay más miedos, la mayoría insuflados por unos periódicos irresponsables que buscan la noticia para vender más, no para informar, etc.-. Y la sociedad tampoco es la que era. Parece mejor, pero a) presiona demasiado a los padres; b) presiona demasiado a los hijos; c) presiona demasiado a los miedos …… Y así …. las cosas están des-ubicadas, es como si hubieran perdido -si alguna vez lo tuvieron- su sitio o tienen un sitio pero es tan precario como los puestos de trabajo ….. en fin, cosas. Y gracias por tu comentario, y ya que te dedicas a la enseñanza y sé que estás preparado para ello, rompe las barreras: lo pasarás mejor, lo pasarán mejor, y al final, serás la envidia de los pobres compañeros «acogotados» por la mediocridad de su función.

  3. A mi también me encanta como hablas de ese período de tu vida tan importante para la formación personal, creo que es una edad maravillosa, yo también me identifico con la relación que comentas con tus padres y sobre todo los maestros. Eran únicos, no creo que ahora los jóvenes tengan esos recuerdos tan cercanos y cariñosos de sus formadores iniciales. Me gusta como hablas de tu calle, de tus amigos, de tu madre, bueno es un relato precioso que habría que difundirlo para que al menos algunos aprendan algo de la experiencia de sus mayores. Un abrazo.

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