Resulta que hace ya tiempo conozco un restaurante al que me llevó un buen amigo en Vigo. Me ha llegado a gustar tanto que lo he recomendado en este weblog. Mucho más que eso, se lo he recomendado, boca-oreja, a todos los que han querido escucharme y que iban por esa zona de Galicia. Yo mismo, dos o tres veces al año he vuelto a encontrarme con esa tranquilidad, con ese buen hacer, con esa calidad, y con esos pescados, empanadas, salpicones, mariscos y vinho do rosal, que a un precio razonable, más bien barato pero encareciéndose, podías comer.

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Había dos cosas que me gustaba repetir cuando iba a Vigo, una irme hasta la playa Samil y ver la puesta de sol en las Cíes; otra e inexcusable, acercarme al Danubio Azul y disfrutar de una buena cena. La cocinera -la mater de la criatura- murió, parece ser, hace unos meses; los hijos “se han retirado”, tal vez por razones de salud o porque ya estaban cansados. La columna vertebral del restaurante ya no está. ¿Se imaginan el resto? El resto empecé a vislumbrarlo hace de ahora un año, la penúltima vez que fuí: los precios se habían elevado; no noté nada más, solo que había menos variedad que en otras ocasiones, pero lo imputé a condiciones del mercado. Hace unos días me acerqué a Vigo, la principal razón aparte unas entrevistas con amigos, era descubrirle a mi hijo mayor y su familia ese restaurante, difícil de ubicar. Era una buena disculpa para encontrarme con ellos y con mi nieto pequeño, pasar un día e ir a cenar. Las dos cosas con las que quería cumplimentar la cena no las tenían. El camarero era otro, diferente. El restaurante estaba vacío como siempre, pero ahora había una explicación: los precios desbordados. Pregunté y ahora lo regían creo sobrinos de los fundadores.

Fue una gran decepción. Por supuesto, es un sitio más que hay que borrar, y un ejemplo más de lo difícil que es mantener el sentido de las cosas, la calidad y la orientación al cliente que había permitido mantener dicho establecimiento durante años. Lo difícil es dar continuidad a algo, normalmente preferimos cambiar, y los cambios casi nunca son buenos. Por otra parte, en un mundo como el que vivimos, un restaurante más que se une al tren de la vulgaridad. Lo siento, he perdido hasta un tema de conversación agradable, porque asistir a funerales nunca da mucho de sí y al final, se le agría a uno la sangre. Además, ya sólo tendré una razón obsesiva para cuando vuelva a ir a Vigo: las puestas de sol en las Cíes.

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