Maravilloso el arte románico, confiere una tranquilidad de espíritu, una armonía, una simplicidad, no exenta de complejidad …… maravilloso. Cuando tengo dudas vuelvo al románico.

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Caminando por la Cataluña románica, tuve tiempo de pensar en muchas cosas, gracias al entorno. Claro, que uno que es crítico, siempre acaba “sufriendo” por muchas cosas que ve. Me hicieron sufrir las restauraciones, no tanto porque estén mal hechas -de ninguna forma, me siento capacitado para juzgarlo, y en general, tengo que admitir que han conseguido un efecto temporal más que aceptable-, sino porque hay demasiadas cosas que se han tenido que restaurar y eso me hizo pensar en cambio y mejora. Si conservamos, las restauraciones serán menos necesarias; si sabemos conservar …. pero no es lo que he percibido ahora y en otras muchas ocasiones, y veo todos los días por la calle. No conservamos, o no sabemos conservar, o no nos da la gana de dedicar el tiempo necesario para preservar lo que ya es. Nos descuidamos, nos descuidamos, nos dejamos, y a veces, añadimos más leña al fuego, y al final, menos mal que queda algo para poder restaurar-cambiar, con el ánimo de que ya no se tenga que volver a restaurar, pero por desgracia, se tendrá que hacer más pronto de lo que los restauradores pueden prever.

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Conservar es difícil, y en parte es restaurar, pero no es lo mismo una restauración de más de la mitad de un edificio, que una pequeña conservación parcial, que no da esa sensación de nuevo que ya no es; demasiado nuevo por no conservar. Paradójico. Miraba hoy mismo las imágenes que servía la televisión francesa sobre el Tour de Francia, y la sensación que uno tenía -lo recomiendo a quién quiera sentirse acomodado con el paisaje- es que el paisaje urbano e histórico estaba “todo en su sitio”. En general, no es la sensación que se tiene con una fabulosa iglesia románica del siglo X, que sólo puedes ver por fuera porque no hay quién te la pueda mostrar; o aún peor, que un vecino te facilita las llaves, y resulta que dentro hay una riqueza de frescos románicos y hasta de imágenes que te sorprende que te den la llave y nadie te controle; o …… Tengo que reconocer que todavía hay mucha variedad y riqueza en ese patrimonio maravilloso, pero ….. me da la sensación de que no lo estamos conservando, y que en el mejor de los casos, tendremos que restaurarlo -si es posible-, cuando ya no tenga mayor remedio.

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Pensaba en las empresas, en las organizaciones, en cómo funcionan, y establecía más de un paralelismo. No saben conservar, tiran para adelante, y cuando quieren remediarlo, ya están obligadas a cambiar, cuando si supieran establecer sistemas de mejora y de conservación, como nos enseñan las empresas japonesas y coreanas, también necesitarían pegar un “golpe de timón”, pero más de tarde en tarde, y sabiendo de lo penoso que son los cambios para todos, sobre todo para las personas. Lo mismo le pasa a nuestras joyas románicas: un poco más de dedicación que quizás ahora ya empezamos a darnos cuenta y a alcanzar, pero que seguro que los recursos son demasiado escasos y la previsión demasiado poca. Tendríamos que apreciar más la importancia de saber legar a las generaciones futuras esas maravillas, más ahora que vivimos en este mundo estresado y violento, para poder disfrutar al menos durante diez días de esa paz y tranquilidad, ese sosiego, ese pensar sin prisas, a que nos lleva ese románico, único en el mundo, que hemos contribuido a crear y sin embargo, no conservamos eficientemente. Sin tradición no hay innovación. Y añadiría: sin respeto por lo construido, por lo existente, por la sostenibilidad y sustentabilidad, nunca tendremos los pies en la tierra, y cuando queramos ponerlos, es probable que no sepamos ni andar.

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