ESTILOS DE DIRECCIÓN, INNOVACIÓN Y APRENDIZAJE

Para poder mantener el sentido y los valores, para evitar las distorsiones en el proceso de comunicación y mantener un estado de trabajo grupal favorable es preciso que la dirección cumpla con un papel reparador de las organizaciones, de conservador de las condiciones ambientales que favorezcan la eficacia de las mismas. Esto, dicho así, puede “saber a poco” a quienes están acostumbrados a declarar que la dirección juega un papel imprescindible en cualquier proceso empresarial y organizacional. Pero las cosas no son tan sencillas como a veces parecen.

El mejor papel que puede jugar la dirección es mantener las reglas del juego, el sentido inicial, el equilibrio en la dinámica empresarial, respetar los valores y reparar las injusticias. El peor papel es querer ponerlo todo patas para arriba. La dirección ha de dar ejemplo y, en realidad, “enseña con su (bueno/malo) ejemplo”. Pero el ejemplo ha de dejar campo para la aportación, para la innovación de los otros. El director es más un coordinador, un facilitador, que un dirigente en sentido clásico.

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Esta idea de dirección esta relacionada con ciertos estilos de dirigir, dejando a otras metodologías de dirección en contraposición con lo necesario para el buen clima organizacional. Un proceso directivo que trabaje con otros ha de percibir la importancia del otro, su necesidad de escucha y de participación y de desarrollo de su propia identidad; su necesidad de crítica reparadora y que induzca a la mejora; su amplia necesidad de reconocimiento. Un planteamiento así se relaciona positivamente con un modus operandi grupal.

En el grupo de trabajo, el director es más un facilitador, un coordinador, un impulsor, un orientador. El director se apoya en su trabajo en funciones claves como es la de observador, que le ayuda a reconocer lo que se ha avanzado, a mantener la memoria viva y a repara el avance del grupo y permitir nuevos ciclos productivos. El director no existe sin el grupo, por tanto, se apoya en su desarrollo y en su fortaleza operativa.

La dirección ha de saber que la principal tarea a desarrollar es la de reparar la organización y contrarrestar sus tendencias hacia la fragmentación, hacia la jerarquía sin participación, hacia la homogeneidad falta de variedad, haciendo lo posible para reconstruirla mediante el mantenimiento de espacios de comunicación y de intercambio, a través de centrar las tareas y dar sentido a lo que se hace, mediante la generación de innovación y de heterogeneidad dentro del sentido global. Este discurso es substancialmente distinto a aquél que pone a la dirección en el centro de toda la organización. Es cierto que las cosas no se pueden hacer sin la dirección, y en ese sentido, el aserto anterior es correcto. Pero también es cierto que muchas cosas se estropean porque la dirección interviene más de lo necesario y en cuestiones que no le corresponden y que producen distorsión en las organizaciones.

Lo único que no tiene duda es que la dirección no es neutral, sino que puede ayudar, cooperar o estropear la organización. Y este último matiz suele ser muy tenido en cuenta, siendo como es muy importante.

Y tal vez la primera condición para dirigir innovando es que los directivos se apoyen en un principio básico de aprendizaje permanente. Los directivos se hacen y precisan un proceso de mejora continua, donde se va desde las técnicas y habilidades claves y específicas de la función directiva hasta el desarrollo de actitudes que tienden ubicar los problemas en su dimensión. En cualquier caso, la primera condición para desarrollar un estilo de dirección adaptado es que le directivo fundamente su trabajo, como escribía Bill Gates, más sobre la aceptación y rectificación del error que sobre el éxito y la prepotencia. La mejor medicina contra todo esto es el aprendizaje, que nos sitúa en una posición de escucha, y de escasez.

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